Unamuno, dibujante de cómic

Cuando estudiaba 2º de BUP, tuvimos un profesor de literatura española del que guardo muy grato recuerdo. Se llamaba Biel Juan Galmés. De las varias iniciativas acertadas que tuvo, me parece especialmente ambiciosa la de leernos, de cabo a rabo, sentado en su mesa y a lo largo de varios días, la novela Abel Sánchez de Unamuno. Gracias a esa experiencia, que me resultó fascinante, me he animado a menudo a leerles a mis alumnos durante muchos minutos textos que he creído hipnóticos. Abel Sánchez, la historia de un hombre enamorado de la novia de su hermano, lo fue para mí.

Portada de la primera edición del libro.

A finales del pasado septiembre visité la casa museo de Unamuno en Salamanca, en el Rectorado de la universidad. Allí en una vitrina se hallaba el dibujo de la foto que encabeza este escrito. La palabra φθόνος (fzonos), celos, envidia, manuscrita de Unamuno, bajo un dibujo de estilo sorprendentemente contemporáneo, una cabeza de un personaje como de cómic, con expresión herida y una melena que no acabamos de casar con 1917, año de la publicación. Es sabido que a Unamuno no se le daba nada mal la pintura ni el dibujo, y debió de querer ilustrar de su mano la portada de su novela (vemos una versión a color con las dos manos apretándose las sienes; en el borrador del dibujo está escrito «poner las manos»). El hombre con las manos manchadas de sangre puede ser el celoso que acaba en asesino. Siento el destripe, pero lo mejor de la obra, que yo recuerde, es la maestría al retratar el envenenamiento de un alma envidiosa. ¿Qué hace esa T en su frente? ¿Qué signos son esos de la esquina superior derecha? ¿De qué lengua son? Vemos la firma del autor en la inferior, el anagrama de la U dentro de la M.

Sobre la T en la frente: esta letra, latina o griega, pues coinciden, tiene el valor de la omega, es decir, el final, que es Dios (aparte de que su figura se asemeja a una cruz). ¿Y eso? Porque la «t» del hebreo, llamada «tav», es la última letra de su alfabeto. En el Libro de Ezequiel encontramos: “Recorre toda la ciudad de Jerusalén y marca con una T la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella” (Ez 9,4). Interesante que el hombre abominable ostente la T que debe protegerlo de sus crímenes.

En griego clásico la envidia también es ζῆλος (dselos), etimología de nuestra palabra celos. En la inglesa jealousy, la fonética de esa «j» imita con más fidelidad el sonido de la «ζ», dseta. El ζῆλος puede significar ambición, competitividad, es decir, ¿quizá envida de la sana?, y por eso el verbo griego con esta raíz también puede entenderse por emular.

¿Qué grandes celosos y celosas nos ha dado la historia de la literatura? La historia de la humanidad, por desgracia, demasiados, al menos uno por cada guerra. En literatura Caín es el pionero. Agamenón envidia el botín de Aquiles. Otelo. Pózdnyshev, en la Sonata a Kreutzer de Tolstoi. Juan Pablo Castel, en El túnel de Sábato. Hay celos en El gran Meaulnes, de Fournier, en La llave de Tanizaki, en La regenta

Envidia de la peor sentí cuando al día siguiente visité la Casa Lys (Salamanca) y contemplé extasiado las criselefantinas art decó de maestros escultores como el rumano Chiparus, obras de las que «oí hablar» por primera vez hace unos meses (en realidad sobre las que leí) en la novela de Alejandro Gándara Primer amor, y que dieron pie a este texto.

Además de criselefantinas, en este recomendable museo hay figuras de cristal opalinado. Creo recordar que era este el término de la etiqueta, pero en la RED solo la palabra opalino y opalescente. Las webs de gemología dicen que la mitología griega cuenta que Zeus lloró ópalo tras vencer a los titanes. Piedra preciosa que se puede tallar. Pero las figuras art decó y nouveau se tallaban en cristal traslúcido, lechoso u opalino/opalescente. El lechoso parece porcelana. El opalescente imita las iridiscencias del ópalo natural. Lo consiguió Frederick Carder en la fábrica de Cristal Steuben (Corning, Nueva York) a principios del XX rociando el vidrio de alabastro (blanco translúcido) con cloruro de estaño. El gran artista del cristal Art Decó fue Lalique, que diseñó frascos de perfumes y adornos para coches como el de abajo, que tal vez cuesten ahora lo mismo que un coche entero de alta gama.