Veneno en la cola y la forma de la muerte

En la película The Sisters Brothers, los matones protagonistas trabajan para un tipo al que llaman “el comodoro”, un cacique de pueblo que extiende sus negocios por el vasto territorio americano y a quien no le afecta le ley. Él decide a quién matar: a cualquiera que entorpezca esos negocios o pueda hacerlos crecer con su muerte.

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Por cierto, el actor que hace de comodoro, es nuestro querido Rutger Hauer, Roy en Blade Runner. Tiene 4 segundos de cámara.

El comodoro tiene una casa de lujo, y en la fachada un escudo con una leyenda:

IN CAUDA VENENUM

“Veneno en la cola” se dice del escorpión o de quien te la clava a última hora. Un buen lema para alguien que ha de  aparentar poder. La vida es un escorpión: tiene veneno en la cola. Una vez más, es un lema que ha ido a parar a un grupo de Black Metal, aunque éste echa veneno desde el primer momento, sin sorpresas.

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Otro tropiezo de estos días con léxico grecolatino lo he encontrado en una película titulada “Thanatomorphose”. En ella una joven se va descomponiendo, es decir, va adquiriendo la “forma de la muerte”. Es una película de 2013.

“Thanatomorphose”, he leído por ahí, es una palabra ¡francesa! ¿De dónde han sacado eso? ¿Del apellido francés del director, Éric Falardeau?

Ahora bien, parece que la primera vez  que alguien ha usado este neologismo ha sido en esta película. La opción “phose” en lugar de “fosis” habla de un acabado francés en lugar de español.

Tal neologismo está mal hecho. La intención de la nueva palabra era definir “la transformación de la muerte”, no la “forma de la muerte”. El creador del neologismo se ha limitado a tomar “morphose” de la palabra bien conocida “metamorphose”, “metamorfosis”, transformación. La palabra creada correctamente para su película hubiese sido “Thanatometamorphose”. Un desastre.

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Follar era otra cosa

1540-1.jpgRamón Buenaventura es el autor de la última traducción de “Meaulnes el grande”, del francés Alain-Fournier (Alianza, 2018), un clásico de la novela de iniciación o aprendizaje, una joya, la única, que el autor nos dejó antes de morir con 28 años en la Gran Guerra.

En una de sus primeras páginas uno se topa con la expresión “follar la fragua”. Primero me sobresalté por la sorpresa de leer palabra tan malsonante, pero enseguida recordé su etimología y mi única duda fue: a pesar de que es correcto, ¿alguien usa aún esta palabra en su acepción original?

Me divirtió esto, recordar que la palabra que tan vulgar nos parece en realidad nació como eufemismo, fue metáfora un día: era más exacto, para la acción de la que hablamos, utilizar “copular”, “fornicar” (que también es metáfora)… Parece que desde el inicio de los tiempos, aparte de “hacer el amor” o “hacer el sexo”, siempre nos hemos referido al acto sexual con metáforas: “yacer”, “conocer” (en el Antiguo Testamento “conocer” varón o mujer es tener “conocimiento carnal”). Lo divertido, en fin, es recordar que una palabra tan vulgar, la expresión más cruda, grosera y desnuda que tenemos para referirnos a “hacer el amor”, es una ingeniosa metáfora, un eufemismo.

He querido escribir este post con la ingenua pretensión de devolverle a la expresión española más vulgar posible, la del verbo follar, un halo de delicadeza, de poesía o ingenio verbal. Follar es usar el fuelle, es meter aire plegando un instrumento. Esta expresión ¿es machista entonces?: el follar y sacar aire a presión por el fuelle, instrumento con punta, como el pene, cosa que aviva la fragua y hace saltar chispas, es un acto exclusivo del varón. La mujer, en rigor, no folla. La mujer es el fuego que el fuelle hacer crecer; es la fragua que alberga ese fuego. En rigor, las mujeres hacen el amor, hacen el sexo, yacen, trotan, etc. pero no “follan” en el sentido etimológico del término. Son sujetos pasivos del acto de follar. Siguiendo con metáforas, la mujer podría “ordeñar”, pero también el hombre. En mallorquín tenemos una palabra que se lleva la palma del machismo violento, invasivo, agresivo: barrinar. daenerys-hot-scene-kp5--510x287@abc.jpg

Uno quisiera que la palabra follar dejara de sonar tan mal, que nos sedujese su intención olvidada de ser metáfora y velo. Follar es juntar las asas y plegar las branquias de acordeón del fuelle, avivar llamas, encender. No es fácil apreciar una palabra, sin embargo, que es patrimonio del varón y relega el papel femenino en el acto.

No es menospreciar a la mujer decir que nunca ha follado y nunca follará, decir que sólo puede ser follada. Al contrario, decirlo es decir que sólo ella puede ser soplada, sacudida por un viento y con ello encendida, fuego salvaje. Es decir que sólo ella puede conocer el placer, el éxtasis, el orgasmo, consumar el acto sexual y consumirse. Así, follar sí es un eufemismo.

Hay otra posible interpretación de la adopción del papel del fuelle como metáfora del acto sexual, una explicación acústica. A las prostitutas en la antigua Grecia se las llamaba, además de pornai (πορναι), jamaitipai  (χαμαιτυπαι), porque “sacuden el suelo”. El acto de usar el fuelle, o sea follar, puede que produzca un ruido de golpete rítmico o sonido de pieles chocando (el acordeón) muy parecido al de las ráfagas de la cópula. Esta interpretación es menos poética y tira por tierra la tesis anterior. Follar, ahora, ya no solo es cosa de hombres. Así, follar no es tan eufemismo.

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Cuando la poesía es traducción

Hace poco, de buena mañana, recién empezada mi primera clase del día (8:00 h), recibí un whatsApp de una amiga. Me decía que estaba leyendo a Lacan y se había topado con dos palabras en griego clásico. Me preguntaba por su significado.

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(Paréntesis: ¿qué les parece que para estudiar la carrera de Psicología nuestro sistema académico conduzca a nuestros estudiantes por el bachillerato de ciencias en lugar de por el humanístico, como siempre había sido?)

Me preguntaba mi amiga por “aletheia” y por “lethe”: ἀληθεία, λήθη, verdad y olvido respectivamente.

Casualmente o no, estas dos palabras con las que mi amiga psicóloga se topó en páginas distintas comparten raíz: “lethe”, λήθη . La alfa que niega ante esa raíz, nos invita a traducir “verdad” como “no olvido”, “ausencia de olvido”.

Si en un verso de un poema alguien plasmara la expresión rimbombante “la verdad es ausencia del olvido”, no sabríamos si encajar su lectura con un mohín ante algo cursi o ante algo petulante. Sin embargo, tal expresión no resulta ser un logro de la sensibilidad, un hallazgo verbal, un despliegue de talento poético: es una simple traducción.

¿La verdad es ausencia de olvido? Ausencia de olvido es recuerdo. ¿La verdad es recuerdo? Platón pensaba que no aprendemos: recordamos. La sabiduría (luego la verdad) es recuerdo. No nacemos a esta vida en blanco, tamquam tabula rasa. La teoría de la reminiscencia explica que somos almas procedentes del mundo de las ideas, por lo tanto solo tenemos que ponermos a dialogar filosóficamente para recordar lo que ya sabemos.

Quienes entienden la escritura o creación de poesía como un modo de conocimiento, y dan preeminencia a su vertiente filosófica, se podrían poner morados si supieran griego. No sólo dispondrían de un tesoro de conocimientos procedentes de la simple traducción, sino de un lenguaje impregnado de esa belleza primera que brilló en el bautizo de las cosas. Me acuerdo de esto por ejemplo siempre que tropiezo con la palabra cometa. ¿Qué es un cometa sino una “cabellera” luminosa? Es eso exactamente. ¿Es poético? Claro, pero no pretendía serlo. Es una obviedad, es una traducción.

Y ya que ha salido el cometa, os recuerdo la preciosa canción de La Marabunta, Venusiana.

Por cierto: ¿Platón creó palabras? ¿Debemos a Platón el ingreso en la lengua griega de las palabras  ἀληθεία y λήθη? Si creemos que no, entonces la teoría de Platón de que no aprendemos la verdad, sino que la recordamos, tampoco fue un aprendizaje ni una tesis osada. Se limitó, de nuevo, a entender la lengua de sus antepasados. No tuvo ni que recordar. Solo escuchar.

Los inefables

Stefan Zweig, en El mundo de ayer, lanza una defensa apasionada del derecho de las mujeres a salir de su casa liberadas de esa vestimenta victoriana, obligada en toda Europa en las clases acomodadas, consistente en capas y capas de cebolla. La madre de Zweig, cualquier mujer decente, estaba condenada a torturar su cuerpo con telas sobre telas, corsés, cuellos altos, enaguas, faldas, mil trapos diseñados para conseguir una silueta concreta, uniformada: mucho pecho, mucho culo, y nada de piernas. No se trataba de ocultar la piel o la carne y ya. Los hombros, los brazos y el canalillo se ponían en escaparates. Pero ¡las piernas! Convenía hacer ver que los hombres tenían, pero las mujeres no. Siglo XIX.1900.jpg
Las chicas de principios del XX, pues, soñaban con llevar pantalones en lugar de enaguas y faldas, en lugar de andar de cintura para abajo incrustadas en una especie de armario de castidad. A los pantalones los llamaban, en aquel tiempo, los inefables: los que no se podían nombrar. Con ese sobrenombre daban a los pantalones la categoría de Dios, el gran Inefable.
En latín existe inefabilitas, la incapacidad de ser nombrado. No existe el adjetivo inefable (¿inefabilis?). El verbo effor es decir. La correspondiente raíz griega para decir es fa, o fe: φημί, y la conservamos en énfasis, fático, afasia..

Eso de los inefables pantalones era hace 100 años, casi ayer. En este tiempo hemos recorrido mucho. Las mujeres se han puesto pantalones, largos y cortos. Hemos aceptado que tienen piernas. Pero siempre seguiremos creyendo en la inefabilidad e imposibilidad de alcanzar lo secreto. Siempre echaremos de menos a las sirenas. Los inefables puede que fueran los pantalones. Las verdaderas inefables eran las piernas que esa prenda prohibida tenía que acoger.

 

 

 

 

La letra con sangre quizá no entra

 

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Eduardo de la Fuente

Eduardo de la Fuente ha publicado dos novelas con poco espacio de tiempo entre una y otra. La primera era romántica, Ana y el hermano del enterrador. La segunda se ocupa de Nicolás, un psicópata, asesino en serie, El leñador bajo el cielo púrpura.
Fui a la presentación de esta novela el pasado 31 de enero en la librería Agapea de Palma. El escritor estuvo estupendo. Es un gran comunicador. Lo han invitado a menudo a presentar eventos. Habla con pausa y vocaliza bien, y le acompaña una voz de timbre agradable. Nos introdujo en su novela explicando su vieja curiosidad por el tema de los asesinos en serie, y dijo en un momento que no entendía por qué los psicópatas tenían que concentrarse en EEUU, como los ovnis. ¿Qué les han hecho en Albacete a los marcianos que nunca se dejan ver por ahí?, dijo mutatis mutandis.

O sea: nos estaba anunciando que con esta novela del leñador, Mallorca ha sido agraciada con un asesino sádico. Eduardo se ha ganado un lugar en este blog porque habló en un momento de la hibristofilia, y ya sabéis que Las raíces abiertas existe para cazar etimologías.

A ver, yo nunca había oído hablar de la hibristofilia, que es la pasión que sienten algunas personas por los asesinos, por los monstruos. Sí era obvia la raíz griega, ὕβρις, soberbia, insolencia, ultraje, violencia… el gran pecado que los dioses castigan duro. El soberbio, el insolente, está cerca del violento. Por algo se empieza. Violento en griego es ὑβριστής. En griego moderno es entre otras cosas abusador.

Alguien creó el neologismo hibristofilia para nombrar esa admiración terrible por las personas malvadas, brutales, asesinas. Para poder darle nombre, y así sentir acaso menos pavor, a la locura que padecían los fans de Charles Manson o Bonnie y Clyde.

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Bonnie y Clyde

Hasta aquí el comentario etimológico. ¿Y la novela de Eduardo de la Fuente?
En la portada se avisa de que puede herir la sensibilidad del lector. Y así es y así debe ser. Si no te sientes herido en las primeras diez páginas es que eres un poco raro.

No quiero confesar qué opino del libro, cuando he leído una cuarta parte. Os voy a ocultar si lo recomendaría con fervor o lo quemaría en una pira pública. Pero sí quiero hacer una reflexión. El cine nos ha contado mil veces historias parecidas y nos las hemos tragado, casi siempre, sin demasiados traumas. La literatura, que no ofrece imágenes visuales concretas, explícitas, sino palabras, es capaz de herirnos mil veces más. Las palabras entran en la crueldad de la violencia mucho más que las cámaras. En muy poco tiempo una frase nos puede dejar asqueados con mucha más eficacia que muchos minutos de celuloide y banda sonora. Nos puede afectar más que nos cuenten algo que ver con nuestros propios ojos cómo sucede.

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Vellocino de sangre

Nadia+del+Pozo-+tocados+Diciembre+1286.JPGNadia del Pozo ha titulado Vientre a su primer libro, un fotolibro. Es el libro más hermoso que he tenido jamás en mis manos. Hecho a mano, un libro de artista con tirada de 300 ejemplares, editado en Ciudad de México, con cubiertas de tela impresa con los dibujos que la sangre deja en la parte interior de una piel de cabra, y una textura que reproduce la rugosidad de los restos de vello. En su interior se alterna el papel vegetal, el de estraza, el convencional blanco, las tripas más animales de la historia del libro.

Nadia ha seleccionado 48 imágenes de entre miles, y un relato, para mostrar la punta del iceberg de una experiencia impactante. Durante años ha visitado una región remota de México y ha convivido con pastores de cabras, se ha empapado de la sangre de las matanzas, ha buscado la respuesta a una tensión vital, la llamada de la naturaleza, el origen de la vida.

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Yo que sueño con volver al útero materno, entiendo esa búsqueda de Nadia. Yo que tengo recuerdos de mi etapa fetal, sé que hubo un tiempo en que poco me distinguí del feto de un cabrito. Jasón y los Argonautas fueron a los confines de su mundo a buscar el vellocino de oro, y Nadia ha ido a los confines de nuestro mundo a buscar el vellocino de sangre. Pero también ha ido a los confines del tiempo, pues ha encontrado un modo de vida antiguo, residual y cercano a su desaparición.

Desde que he tenido ante mí el libro Vientre no puedo quitármelo de la cabeza. Tengo mono: quiero volver a ver esas imágenes de belleza inquietante que son más que imágenes, son mágicos facsímiles de animales amados y deglutidos, de su plateado secreto, de la proyección de sus estertores. Nadia, con esa apariencia de cuerpo delicado y frágil, esa voz suave y ese cabello brillante e indefenso, resulta ser una persona sin miedo al embate de los elementos en la búsqueda de respuestas fundamentales. Una exploradora dura, brutal, animal y espiritual y nada angelical.

Nadia es especial y no porque lleve un sombrero raro y elegante, sino porque hace cosas que casi nadie hace. Y nos deja asomarnos a ello a través de una pieza artística que nos propina un hachazo y nos parte en dos. Nos remueve sin compasión: no un poco, no, nos deja listos para echarnos en una olla y condimentar un guiso. El tópico es que hay obras que o no te dicen nada o te dicen mucho, demasiado. Con Vientre eso no es una opción. Con Vientre de Nadia del Pozo te quedas KO.

Una caña de pescar llamada Shakespeare

Manuela, librera exquisita que trabaja en Los Editores, librería de Madrid, me recomendó un libro de la editorial madre de este comercio que mima la editoriales pequeñas: La huerta grande. El libro es Las aguas tranquilas del Una, de Faruk Šehić, autor nacido en los 70 en Yugoslavia.

En la página 39 me he encontrado estas líneas:

Las cahipollas son conocidas como aguaflores o unavezaldías (pertenecientes a las Ephemeroptera), porque después de un año o dos, viviendo bajo el agua en forma de larvas, se convierten en insectos adultos y alados, y suben a la superficie; allí se someten a una nueva transformación, para vivir en el aire un solo día.

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Un solo día. Vidas de un día, del día. Como la leche del día. Como los diarios, que se guardan en hemerotecas. Los filólogos deberíamos tener una asociación que acosara al ministerio de sanidad, y obligara o fomentara el uso de derivadas griegas en los supermercados: Nada del “leche del día”. Leche efímera.

El traductor de Sehic es Miguel Rodríguez Andreu. El libro se lee con ganas. Hay mucha biología. El autor estudió Veterinaria y pasó una infancia cerca de peces de río. Es una gozada chapotear en cada línea de esta novela con nombres de peces extraños. A falta de llegar al ecuador del libro, intuyo que se nos está contando una financia en el paraíso (más que una infancia de paraíso, que también) para pasar al infierno de la guerra a la que llegó a ir el autor. Estupenda sorpresa la de conocer una marca de caña de pescar de nombre Shakespeare.

πτέρον es ala en griego. Ephemeroptera unes tres palabras: ἐπί + ἡμέρα + πτέρα = ser vivo alado del día, de un día.

El cuadro de Zóbel ornitóptero tiene un título tautológico, mal pensado, creado por el mismo pintor, supongo, que esto de ser artista a veces es pasarse de creativo: “pájaro alado” (ὀρνίς es pájaro). No es “máquina con alas”, como alguien explica aquí.

Un poeta como Antonio Manilla sí demuestra similar sensibilidad a la de Šehić cuando titula en griego un bello poema de su libro Broza, precisamente inspirado en los insectos de otro río.

        Ephemera

Del huevo que una tarde de verano
depositó en el agua,
eludiendo el acoso de las truchas,
hoy ha nacido, mínimo y elegante,
el más hermoso insecto.

Desplegará las alas, volará
apenas unas horas, acaso conociendo
las hojas de algún chopo,
para luego buscar pareja junto al agua.
Hoy, también, morirá.

Su escueta perfección insuperable
carece de aparato digestivo,
pues nunca ha de comer,
su lugar en el mundo es ser cadena
sometida a la evolución.

Nace, se reproduce y muere
teniendo a su hermosura indiferencia:
la breve y plena vida de una efémera.

La tuya no es más larga.

Abajo: Faruk Šehić

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