Crusat, Antígona, Sebald y lo imposible

Leía hace unos días un libro delicioso y muy brillante que recomiendo, obra de un hombre de cultura apabullante (reconocida ya por varios prestigiosos premios). Se trata de W. G. Sebald en el corazón de Europa, de Cristian Crusat (Wunderkammer, 2020).

Crusat ensaya un recorrido muy interesante de la mano de la obra originalísima del autor de Los anillos de Saturno, un canto casi fúnebre a un mundo de ayer que quizá no es tan distinto, en el fondo, al de hoy. La capacidad de análisis y la audacia del pensamiento del autor ha de fascinar a los lectores de Sebald y lanza, a los que lo tenemos pendiente, directamente a zambullirnos en su obra, seducidos por su ética de la contención y la pequeñez.

Cristian Crusat

Crusat nos describe en el libro una genialidad de Larry David, quien en su serie Curb your enthusiasm muestra una escena demoledora sobre la incapacidad de los ojos contemporáneos para ver el sufrimiento de las generaciones precedentes.

En otro momento nos recuerda la Antígona de Jean Anouilh, y un dato histórico: entre un tercio y un cuarto de millón de hombres quedaron sin sepultar entre las trincheras de Verdún.

Si intentamos encajar ese cuerpo insepulto en las figura de Polinices y Eteocles, los hermanos de Antígona, nos falla el planteamiento de la tragedia. Crusat cita a Steiner: los cuerpos insepultos pronto quedan reducidos a una papilla indistinta.

En clase les leí a mis alumnos esas páginas, y luego nos pusimos a leer el principio de la Antígona de Sófocles. Nos detuvimos aquí:

ἀρχὴν δὲ θηρᾶν οὐ πρέπει τἀμήχανα.
[arjén de zeran u prepei taméjana]

No es conveniente perseguir desde el principio lo imposible,
tradujo Assela Alamillo para Gredos en 1992.

Propuse a mis alumnos que tradujéramos de otro modo y dimos con esto:

No conviene empezar por ir tras lo inútil

Aunque jugamos a traducir θηρᾶν por su acepción más básica, así: cazar lo imposible, lo sin remedio. Solo se puede cazar lo que se persigue. Para cazar hay que correr, ir tras la presa. No merece ser llamada caza la actividad que se cobra una pieza si el cazador está quieto, escondido, apostado traicioneramente como un verdugo.

Les dije a mis alumnos:
—Recordad esta frase de Ismene, la hermana sensata, temerosa, y dentro de treinta años, decídsela a algún hijo vuestro, así, en griego, y acordaos de mí que estaré criando malvas.
Gloria terció: pero no hay nada imposible.
Entonces, les dije, recitad ese consejo o su contrario según os convenga. Unas veces será útil uno, otras otro.
No les dije la verdad: que no se trataba de acertar algún día en el maternal consejo, sino de acordarse de su sentimental profesor.

Añadí:
—Haced como Groucho, que dijo Estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros.

Y entonces me di cuenta de que ninguno de mis once alumnos sabía quiénes son los hermanos Marx, y entendí que antes de llegar a Sófocles, incluso antes de pasearlos por la Europa de Sebald, tendría que darles a probar la sopa de ganso.