La gallera de Ramón Palomar

Este blog, que existe porque quiere dar testimonios de mis tropiezos con las lenguas clásicas en contextos no académicos sino ociosos y al alcance de todos, admite comentarios sobre novelas que me pongan a huevo el guiño etimológico.

A huevo. Nunca mejor dicho.

La novela se titula “La gallera” y la acaba de publicar Ramón Palomar en Grijalbo. Al empezarla me gustó tanto que me dije: a ver qué etimología me encuentro por aquí para poder hablar de ella en Las raíces abiertas. Antes de dar con una, vi que Ramón me permitía nombrarlo embajador del griego clásico por un recurso que domina en su prosa feliz: compone palabras.  Yo qué sé, si los griegos tenían dos lexemas a mano y les daba la gana juntarlos para crear una nueva palabra, pues los juntaban. Eran creativos, sin manías. χαμαίτυπος era “la que golpea la tierra”. O sea la prostituta en argot. Una “batesuelos”, por razones obvias.

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Ramón crea, creo, bastantes palabras. Yo nunca había leído ni oído las palabras narcobeato o tontofeliz. Son felices hallazgos entre otros muchos, siempre divertidos.

Batesuelos hay muchas en esta historia de La gallera. Casi una por cada personaje masculino importante.

Pero aparte de la “composición”, en la novela aparece en un momento dado el cultivo hidropónico. Bingo. Hidropónico se forma con las palabra agua, muy famosa ella, y trabajo, πονος, “ponos”. O sea, lo relativo al agua trabajando, asumiendo el papel principal. La batesuelos de Esquemas, el poli corrupto de La gallera, monta un cultivo hidropónico de marihuana en una vivienda. Ya saben: cultivos sin tierra, a base de agua y vitaminas.

Hasta aquí lo docente o lo pedante. Ahora, ya que estamos, la novela de Ramón.

Es un prodigio. Ya me gustó Sesenta kilos, su anterior y primera novela (2013). Esta segunda la consigue superar en ambición y maestría. Su página es limpia, vertical, de párrafo breve, de monofrase (ay, le he cogido vicio). Cada oración es un machetazo. El lenguaje es callejero, de narrador de oído fino. Las escenas de violencia deslumbran, crueles, negras, lúdicas. Las imágenes nada sobadas, brillantes. Y, sobre todo, la trama es obra de un maestro del ajedrez narrativo que mueve a sus peones y reyes como Dios, cruza sus destinos, los salva, los sacrifica, los sube a una ola de sexo y droga o los ata a un árbol en el infierno.

Cualquier página de este libro contiene algún párrafo hipnotizante, o festivo (verbalmente festivo):

La mitad de su frente se desparramó en ramillete hasta incrustarse en lo alto de la butaca como una corona de restos espesos, viscosos, maridaje de sesera y cartílagos. Sus ojos permanecieron abiertos y desde su cerebro trepanado chorreaban filamentos pardos de sopa neuronal.

El horror hecho música.

480 páginas siguiendo las andanzas de Gus, entrañable asesino, o El Rubio, un traficante metido a criador de gallos de pelea. Magníficas las descripciones de las peleas de gallos. ¿Habrá asistido Palomar a alguna? ¿De dónde ha sacado que los entrenadores de gallos de pelea les tocan los cojoncillos a los gallos antes de saltar al ring, o les hablan, o los besan, o…?

Palomar ha conseguido muchas cosas difíciles: que nos caigan bien unos tipos deleznables, todos, en algún momento; que los queramos muertos a veces, salvarlos otras. Y de nuevo, como en Sesenta kilos, que en la historia no haya ni un solo valedor de la ley y el bien. Todo lo más, mujeres y hombres sobreviviendo a la sombra de gallitos del crimen. Porque claro, hay dos galleras en la novela, la que se llena de plumas y sangre de bichos con pico, y la gran gallera de los hombres, matones, narcos, camellos, un legionario y un poli corruptos, agitando sus crestas. Y qué picos, también. Los diálogos de  Palomar, las largas parrafadas faltonas de tanto hampón en su exhibición de poder y hombría son pura miel.

Aunque quizá lo más meritorio de este libro es que nos toque la fibra con la historia de amor entre un hombre y un pollo.

A mí, de todos modos, no me ha quitado las ganas de comerme en cualquier momento unas alitas con salsa perrins.

Admirable La gallera. Admirable. Por cierto, tengo que hacer constar que un mes antes de aparecer este libro, apareció otro en la editorial que dirijo, Sloper, firmado por Santiago Cobo, titulado El refutador, otro prodigio. Se divide en dos libros, y el primero de ellos se titula también La gallera. ¿Será posible? ¡Qué increíble casualidad!

Los inefables

Stefan Zweig, en El mundo de ayer, lanza una defensa apasionada del derecho de las mujeres a salir de su casa liberadas de esa vestimenta victoriana, obligada en toda Europa en las clases acomodadas, consistente en capas y capas de cebolla. La madre de Zweig, cualquier mujer decente, estaba condenada a torturar su cuerpo con telas sobre telas, corsés, cuellos altos, enaguas, faldas, mil trapos diseñados para conseguir una silueta concreta, uniformada: mucho pecho, mucho culo, y nada de piernas. No se trataba de ocultar la piel o la carne y ya. Los hombros, los brazos y el canalillo se ponían en escaparates. Pero ¡las piernas! Convenía hacer ver que los hombres tenían, pero las mujeres no. Siglo XIX.1900.jpg
Las chicas de principios del XX, pues, soñaban con llevar pantalones en lugar de enaguas y faldas, en lugar de andar de cintura para abajo incrustadas en una especie de armario de castidad. A los pantalones los llamaban, en aquel tiempo, los inefables: los que no se podían nombrar. Con ese sobrenombre daban a los pantalones la categoría de Dios, el gran Inefable.
En latín existe inefabilitas, la incapacidad de ser nombrado. No existe el adjetivo inefable (¿inefabilis?). El verbo effor es decir. La correspondiente raíz griega para decir es fa, o fe: φημί, y la conservamos en énfasis, fático, afasia..

Eso de los inefables pantalones era hace 100 años, casi ayer. En este tiempo hemos recorrido mucho. Las mujeres se han puesto pantalones, largos y cortos. Hemos aceptado que tienen piernas. Pero siempre seguiremos creyendo en la inefabilidad e imposibilidad de alcanzar lo secreto. Siempre echaremos de menos a las sirenas. Los inefables puede que fueran los pantalones. Las verdaderas inefables eran las piernas que esa prenda prohibida tenía que acoger.

 

 

 

 

La letra con sangre quizá no entra

 

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Eduardo de la Fuente

Eduardo de la Fuente ha publicado dos novelas con poco espacio de tiempo entre una y otra. La primera era romántica, Ana y el hermano del enterrador. La segunda se ocupa de Nicolás, un psicópata, asesino en serie, El leñador bajo el cielo púrpura.
Fui a la presentación de esta novela el pasado 31 de enero en la librería Agapea de Palma. El escritor estuvo estupendo. Es un gran comunicador. Lo han invitado a menudo a presentar eventos. Habla con pausa y vocaliza bien, y le acompaña una voz de timbre agradable. Nos introdujo en su novela explicando su vieja curiosidad por el tema de los asesinos en serie, y dijo en un momento que no entendía por qué los psicópatas tenían que concentrarse en EEUU, como los ovnis. ¿Qué les han hecho en Albacete a los marcianos que nunca se dejan ver por ahí?, dijo mutatis mutandis.

O sea: nos estaba anunciando que con esta novela del leñador, Mallorca ha sido agraciada con un asesino sádico. Eduardo se ha ganado un lugar en este blog porque habló en un momento de la hibristofilia, y ya sabéis que Las raíces abiertas existe para cazar etimologías.

A ver, yo nunca había oído hablar de la hibristofilia, que es la pasión que sienten algunas personas por los asesinos, por los monstruos. Sí era obvia la raíz griega, ὕβρις, soberbia, insolencia, ultraje, violencia… el gran pecado que los dioses castigan duro. El soberbio, el insolente, está cerca del violento. Por algo se empieza. Violento en griego es ὑβριστής. En griego moderno es entre otras cosas abusador.

Alguien creó el neologismo hibristofilia para nombrar esa admiración terrible por las personas malvadas, brutales, asesinas. Para poder darle nombre, y así sentir acaso menos pavor, a la locura que padecían los fans de Charles Manson o Bonnie y Clyde.

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Bonnie y Clyde

Hasta aquí el comentario etimológico. ¿Y la novela de Eduardo de la Fuente?
En la portada se avisa de que puede herir la sensibilidad del lector. Y así es y así debe ser. Si no te sientes herido en las primeras diez páginas es que eres un poco raro.

No quiero confesar qué opino del libro, cuando he leído una cuarta parte. Os voy a ocultar si lo recomendaría con fervor o lo quemaría en una pira pública. Pero sí quiero hacer una reflexión. El cine nos ha contado mil veces historias parecidas y nos las hemos tragado, casi siempre, sin demasiados traumas. La literatura, que no ofrece imágenes visuales concretas, explícitas, sino palabras, es capaz de herirnos mil veces más. Las palabras entran en la crueldad de la violencia mucho más que las cámaras. En muy poco tiempo una frase nos puede dejar asqueados con mucha más eficacia que muchos minutos de celuloide y banda sonora. Nos puede afectar más que nos cuenten algo que ver con nuestros propios ojos cómo sucede.

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