Los percebes de Pedro Ugarte

En quinto curso de la carrera de Filología Clásica (1989), universidad de Valencia, el profesor de Lírica latina nos animaba a traducir la oda XI del tercer libro de odas de Horacio. Por allá aparecía un protervo marito, y el hombre, que hablaba siempre como si acabase de darle uso a una petaca escondida en la americana, se repente se vio impedido para ofrecernos la traducción de protervo. Simuló que la tenía en la punta de la lengua, pero nada, que no le salía. Lo vi tan apurado que lancé mi propuesta intuitivamente:

—¿Procaz? —pregunté.
—¡Eso mismo! —exclamó—. Otras cosas no las sabrás, pero esto sí —opinó.

Aquellos versos hablaban de una muchacha como una yegua que aún desconoce por su juventud los placeres del amor y teme el contacto del ardiente marido, en traducción de Germán Salinas:

quae velut latis equa trima campis
ludit exultim metuitque tangi,
nuptiarum expers et adhuc protervo
cruda marito.

Leía el otro día la novela Los cuerpos de las nadadoras, de Pedro Ugarte, cuando me encontré con este adjetivo por primera vez en mi vida de lector en lengua castellana. El narrador del libro, Jorge, hablaba de protervos sentimientos. Salté del asiento, maravillado. Iba hacia Bilbao desde Pamplona en autobús, al encuentro del escritor. Su novela, leída veintitrés años después de publicarse, me estaba encantando. La prosa de aquel Ugarte, no sé la actual, pero aquella de inicios de los 90, era espléndida, brillaba en forma y fondo. Acabo de terminar la novela y me lo he pasado bomba.5fba9ca3f433cd1eb382b114a66679fd180a2d7a

Qué bien, me dije, me ha dado una excusa para escribir sobre ella con esos protervos sentimientos. ¿Ardientes sentimientosrecurriendo a la acepción de Salinas? Sí, funciona. Protervus puede ser también violento, impetuoso, audaz, desvergonzado. El sesgo sexual de ardiente es sugerencia del contexto. El castellano de Ugarte es bien rico.

Por si no bastase el eco horaciano, hacia el final de la novela nos deleitamos con una charla de un matrimonio, en la cama. Julia tiene ganas. Jorge no. Jorge habla, habla con intención antiafrodisíaca. Es una escena muy graciosa. Julia le dice a su marido:

—Cuando tú tienes ganas hay que aguantarlo todo y cuando las tengo yo parece que no importa: tenemos que jugar a las etimologías.

Julia lo dice porque su marido, ante sus caricias, ha empezado a comentar el nombre científico del percebe: Pollicipes cornucopia, que reúne para el rico engendro los nombres latinos del pulgar del pie, del cuerno y de la abundancia. A Jorge lo que le pasa es que le empalaga el momento: suena Sinatra al fondo, han comido marisco y bebido champán. Demasiado romántico. Julia ha estado de premio intentando convencer a su hombre. En las películas de amor nunca comen percebes, ha dicho para hacerle ver que no están en ningún momento edulcorado.

Me ha gustado mucho el humor de Pedro Ugarte, de una sutileza inimitable. El humor de esta charla, con genial paradoja y absurdo.

—Escucha, Jorge, yo no he trabajado demasiado, pero conozco a gente, a muchísima gente.
—Estoy seguro de eso, gordo —contesté—. Tú siempre has manejado dinero. Si hubieras perdido el tiempo en trabajar nunca habrías podido conseguirlo.

Esta prosa artesana y vibrante de Ugarte me ha recordado a la de David Torres. Algunos de los capítulos funcionan en sí mismos como relatos redondos, magistrales, que no necesitan del resto del libro para existir, pero que hacen de este libro una obra de especial valor.

El libro nos cuenta la vida de Jorge, saltando de mujer en mujer. El nadador de Cheever transcurre de piscina en piscina, y esta novela de Ugarte transcurre de mujer en mujer. Es de una sinceridad loable, el personaje no teme caer en una mirada burlona o escéptica sobre el sexo femenino, a riesgo de merecerse tirones de oreja de las cazadoras de machistas de hoy, la mayoría de las cuales no habían nacido cuando Pedro escribía estas páginas. Y, curiosamente, aparece alguna situación en que el mismo Jorge adivina el disgusto del colectivo feminista, aludido según la realidad de hace veinte años: “grupúsculos feministas”, constatando que hubo un tiempo en que el feminismo de piel fina era algo friqui y marginal.

Me ha encantado la inteligencia, la sabiduría, el ingenio de Pedro Ugarte. Su humor y su ternura. Iré a por más.IMG_7338

En Bilbao he tenido el honor de encontrarme con él, de entrar en su despacho y de obtener dedicatorias en tres de sus libros (Los cuerpos..., Lecturas pendientes y La isla de Komodo). Le hice una foto junto al psicólogo y escritor Ernesto Maruri, otro amante de las etimologías.

Lo olvidaba. Pedro es uno de los autores que entrevisté para mi breve ensayo incluido en La mala puta. requiem por la literatura española, de 2014. Su historia de joven finalista del premio Herralde me interesaba. Los cuerpos de las nadadoras es estupendo. Una gozada.

 

 

 

 

Follar era otra cosa

1540-1.jpgRamón Buenaventura es el autor de la última traducción de “Meaulnes el grande”, del francés Alain-Fournier (Alianza, 2018), un clásico de la novela de iniciación o aprendizaje, una joya, la única, que el autor nos dejó antes de morir con 28 años en la Gran Guerra.

En una de sus primeras páginas uno se topa con la expresión “follar la fragua”. Primero me sobresalté por la sorpresa de leer palabra tan malsonante, pero enseguida recordé su etimología y mi única duda fue: a pesar de que es correcto, ¿alguien usa aún esta palabra en su acepción original?

Me divirtió esto, recordar que la palabra que tan vulgar nos parece en realidad nació como eufemismo, fue metáfora un día: era más exacto, para la acción de la que hablamos, utilizar “copular”, “fornicar” (que también es metáfora)… Parece que desde el inicio de los tiempos, aparte de “hacer el amor” o “hacer el sexo”, siempre nos hemos referido al acto sexual con metáforas: “yacer”, “conocer” (en el Antiguo Testamento “conocer” varón o mujer es tener “conocimiento carnal”). Lo divertido, en fin, es recordar que una palabra tan vulgar, la expresión más cruda, grosera y desnuda que tenemos para referirnos a “hacer el amor”, es una ingeniosa metáfora, un eufemismo.

He querido escribir este post con la ingenua pretensión de devolverle a la expresión española más vulgar posible, la del verbo follar, un halo de delicadeza, de poesía o ingenio verbal. Follar es usar el fuelle, es meter aire plegando un instrumento. Esta expresión ¿es machista entonces?: el follar y sacar aire a presión por el fuelle, instrumento con punta, como el pene, cosa que aviva la fragua y hace saltar chispas, es un acto exclusivo del varón. La mujer, en rigor, no folla. La mujer es el fuego que el fuelle hacer crecer; es la fragua que alberga ese fuego. En rigor, las mujeres hacen el amor, hacen el sexo, yacen, trotan, etc. pero no “follan” en el sentido etimológico del término. Son sujetos pasivos del acto de follar. Siguiendo con metáforas, la mujer podría “ordeñar”, pero también el hombre. En mallorquín tenemos una palabra que se lleva la palma del machismo violento, invasivo, agresivo: barrinar. daenerys-hot-scene-kp5--510x287@abc.jpg

Uno quisiera que la palabra follar dejara de sonar tan mal, que nos sedujese su intención olvidada de ser metáfora y velo. Follar es juntar las asas y plegar las branquias de acordeón del fuelle, avivar llamas, encender. No es fácil apreciar una palabra, sin embargo, que es patrimonio del varón y relega el papel femenino en el acto.

No es menospreciar a la mujer decir que nunca ha follado y nunca follará, decir que sólo puede ser follada. Al contrario, decirlo es decir que sólo ella puede ser soplada, sacudida por un viento y con ello encendida, fuego salvaje. Es decir que sólo ella puede conocer el placer, el éxtasis, el orgasmo, consumar el acto sexual y consumirse. Así, follar sí es un eufemismo.

Hay otra posible interpretación de la adopción del papel del fuelle como metáfora del acto sexual, una explicación acústica. A las prostitutas en la antigua Grecia se las llamaba, además de pornai (πορναι), jamaitipai  (χαμαιτυπαι), porque “sacuden el suelo”. El acto de usar el fuelle, o sea follar, puede que produzca un ruido de golpete rítmico o sonido de pieles chocando (el acordeón) muy parecido al de las ráfagas de la cópula. Esta interpretación es menos poética y tira por tierra la tesis anterior. Follar, ahora, ya no solo es cosa de hombres. Así, follar no es tan eufemismo.

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Los inefables

Stefan Zweig, en El mundo de ayer, lanza una defensa apasionada del derecho de las mujeres a salir de su casa liberadas de esa vestimenta victoriana, obligada en toda Europa en las clases acomodadas, consistente en capas y capas de cebolla. La madre de Zweig, cualquier mujer decente, estaba condenada a torturar su cuerpo con telas sobre telas, corsés, cuellos altos, enaguas, faldas, mil trapos diseñados para conseguir una silueta concreta, uniformada: mucho pecho, mucho culo, y nada de piernas. No se trataba de ocultar la piel o la carne y ya. Los hombros, los brazos y el canalillo se ponían en escaparates. Pero ¡las piernas! Convenía hacer ver que los hombres tenían, pero las mujeres no. Siglo XIX.1900.jpg
Las chicas de principios del XX, pues, soñaban con llevar pantalones en lugar de enaguas y faldas, en lugar de andar de cintura para abajo incrustadas en una especie de armario de castidad. A los pantalones los llamaban, en aquel tiempo, los inefables: los que no se podían nombrar. Con ese sobrenombre daban a los pantalones la categoría de Dios, el gran Inefable.
En latín existe inefabilitas, la incapacidad de ser nombrado. No existe el adjetivo inefable (¿inefabilis?). El verbo effor es decir. La correspondiente raíz griega para decir es fa, o fe: φημί, y la conservamos en énfasis, fático, afasia..

Eso de los inefables pantalones era hace 100 años, casi ayer. En este tiempo hemos recorrido mucho. Las mujeres se han puesto pantalones, largos y cortos. Hemos aceptado que tienen piernas. Pero siempre seguiremos creyendo en la inefabilidad e imposibilidad de alcanzar lo secreto. Siempre echaremos de menos a las sirenas. Los inefables puede que fueran los pantalones. Las verdaderas inefables eran las piernas que esa prenda prohibida tenía que acoger.

 

 

 

 

La letra con sangre quizá no entra

 

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Eduardo de la Fuente

Eduardo de la Fuente ha publicado dos novelas con poco espacio de tiempo entre una y otra. La primera era romántica, Ana y el hermano del enterrador. La segunda se ocupa de Nicolás, un psicópata, asesino en serie, El leñador bajo el cielo púrpura.
Fui a la presentación de esta novela el pasado 31 de enero en la librería Agapea de Palma. El escritor estuvo estupendo. Es un gran comunicador. Lo han invitado a menudo a presentar eventos. Habla con pausa y vocaliza bien, y le acompaña una voz de timbre agradable. Nos introdujo en su novela explicando su vieja curiosidad por el tema de los asesinos en serie, y dijo en un momento que no entendía por qué los psicópatas tenían que concentrarse en EEUU, como los ovnis. ¿Qué les han hecho en Albacete a los marcianos que nunca se dejan ver por ahí?, dijo mutatis mutandis.

O sea: nos estaba anunciando que con esta novela del leñador, Mallorca ha sido agraciada con un asesino sádico. Eduardo se ha ganado un lugar en este blog porque habló en un momento de la hibristofilia, y ya sabéis que Las raíces abiertas existe para cazar etimologías.

A ver, yo nunca había oído hablar de la hibristofilia, que es la pasión que sienten algunas personas por los asesinos, por los monstruos. Sí era obvia la raíz griega, ὕβρις, soberbia, insolencia, ultraje, violencia… el gran pecado que los dioses castigan duro. El soberbio, el insolente, está cerca del violento. Por algo se empieza. Violento en griego es ὑβριστής. En griego moderno es entre otras cosas abusador.

Alguien creó el neologismo hibristofilia para nombrar esa admiración terrible por las personas malvadas, brutales, asesinas. Para poder darle nombre, y así sentir acaso menos pavor, a la locura que padecían los fans de Charles Manson o Bonnie y Clyde.

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Bonnie y Clyde

Hasta aquí el comentario etimológico. ¿Y la novela de Eduardo de la Fuente?
En la portada se avisa de que puede herir la sensibilidad del lector. Y así es y así debe ser. Si no te sientes herido en las primeras diez páginas es que eres un poco raro.

No quiero confesar qué opino del libro, cuando he leído una cuarta parte. Os voy a ocultar si lo recomendaría con fervor o lo quemaría en una pira pública. Pero sí quiero hacer una reflexión. El cine nos ha contado mil veces historias parecidas y nos las hemos tragado, casi siempre, sin demasiados traumas. La literatura, que no ofrece imágenes visuales concretas, explícitas, sino palabras, es capaz de herirnos mil veces más. Las palabras entran en la crueldad de la violencia mucho más que las cámaras. En muy poco tiempo una frase nos puede dejar asqueados con mucha más eficacia que muchos minutos de celuloide y banda sonora. Nos puede afectar más que nos cuenten algo que ver con nuestros propios ojos cómo sucede.

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