Teoría de las maracas

—¿Cómo salieron las cosas?
—Tengo mucho que contarte.

(IIIIIIIIIII)

—¿Qué ha pasado?
—¡Me he prometido!
—Enhorabuena. ¿Y quién es ella?
—Ella soy yo.

(IIIIIIIIIIIII)

—¿Queeeeé?
—Osgood se me ha declarado. Pensamos casarnos en junio.

(Ahlaliro..IIIIIIIIIIIIII)

—¿Qué estás diciendo? ¡Tú no puedes casarte con Osgood?
—¿Demasiado viejo para mí?
—Jerry, ¿no estarás hablando en serio?
—¿Por qué? ¡Él se casa y se divorcia constantemente!

(IIIIIIIIIIII)

—¡Pero tú no eres una mujer, eres un hombre! ¡Ni en broma puedes hacer eso!
—¿Y el porvenir?

(Yahaaalala IIIIIIIIIIIIII)

—Jerry, es mejor que te acuestes. Tú no estás bien.
—¿Quieres dejar de tratarme como a una niña? ¡Ya sé que es un problema! ¡No soy idiota!
—Naturalmente que lo es.
—Su madre. Eso es lo que me preocupa. Pero me dará su consentimiento porque no fumo.

(¡Jahlaliro…!IIIIIIIIIIII)

—Jerry, hay otro problema más grave.
—¿Ah sí? ¿Cuál?
—Pues el viaje de bodas, imbécil.
—Ya hemos hablado de eso. Él quiere ir a la Riviera, pero yo me inclino por las cataratas del Niágara.

(IIIIIIIII)

—Escúchame: Jerry, ¡tú no estás en tus cabales! ¿Cómo piensas arreglar eso?
—¡Es que no va a durar mucho, Joe! Le diré la verdad en el momento oportuno.
—¿Cuándo?
—Inmediatamente después de la boda. Se solicita inmediatamente el divorcio, él me asigna una cantidad mensual para mis gastos, y yo a vivir tranquilamente el resto de mis días.

(IIIIIIIIIIIIII)

—Jerry, Jerry, escucha Jerry, escúchame. Hay disposiciones, leyes. ¡Eso que dices no puede hacerse!
—Shhhhhh, ¡Joe! ¡No tendré otra ocasión de casarme con un millonario!
—Oye Jerry, ¿quieres oír mi consejo? Olvídate de este asunto. Convéncete de que eres un hombre. Eres un hombre.
—Soy un hombre.
—Eso está mejor.
—¡Soy un hombre! ¡¡Soy un hombre!!

……

En este momento de la escena, Jack Lemon abandona su estado de euforia, se quita la peluca y deja las maracas. En efecto, estos signos que he colocado en el diálogo, (IIIIIIII), corresponden a los segundos en que Jerry/Jack Lemon toca unas maracas y canturrea jubiloso mientras discute con Joe (Toni Curtis). Billy Wilder, en varias entrevistas, como la que recoge en su libro Hellmuth Karasek (Billy Wilder. Eine Nahaufnahme von Hellmuth Karasek, 1992), explicó que adornó el diálogo con las maracas para dar un respiro al espectador. Tiempo atrás, Wilder había ido a una sala a ver una de sus primeras comedias, para ver cómo respondía el público, y había sufrido lo suyo porque las carcajadas se atropellaban y la gente se perdía algunos chistes. Entendió que había que dejar silencios, pero para que no fueran incómodos, injustificados, en Con faldas y a lo loco, tuvo la idea de hacer tocar a Lemon unas maracas y ofrecer esos segundos de tregua para que nos riamos tranquilos.

A partir del minuto 1’50, el diálogo de las maracas.

Cuando descubrí esta anécdota, pensé en elaborar la que podríamos llamar Teoría de Las Maracas. Juntar en un sintagma teoría y maracas me resultó irresistible. Fue en la presentación de un libro magnífico sobre cine de Gabriel Bertotti, Margen cínico, de 2019 (Món de Llibres).

Ciertamente, resulta un rasgo elogiable para cualquier obra de arte narrativa (cine, novela…) la dosificación. Así que, para hablar bien del libro de Bertotti sobre cine, vino como anillo al dedo la Teoría de las Maracas, con origen en el cine. El libro en cuestión es intenso, es deslumbrante, pero no asfixia. Decir de un libro sospechoso de denso o abrumador (en datos, en ideas, en chistes…) que «no necesita maracas», es decir mucho y bueno. El autor ha sabido organizar. Si pensamos en autores que se arriesgan a abusar del ingenio y a saturar, como el Felipe Benítez Reyes de El novio del mundo (Tusquets, 1998), el consejo y el recurso wilderano es de agradecer.

Pero mi Teoría de las Maracas tiene una lectura reversible: en su aplicación original la maraca fue un recurso para la pausa, el silencio o el aire. Soy bastante ignorante de manuales de técnicas narrativas, jamás he cursado ni dado un taller de escritura y he escrito siempre por instinto, estructurando y diseñando a mi bola, sin fiarme de otros, no por rechazo sino por desconocimiento. Pero abrazo cualquier idea formulada por otros que considere útil. Las Maracas representan la idea de la dosificación, tanto de los huecos entre chistes o genialidades, como de esos mismos chistes y genialidades.

Lo más frecuente es que la genialidad no haga acto de presencia. Los lectores la necesitamos. Ese hallazgo en expresión o en idea que nos sorprende es el anzuelo que un artista sabe colocar a tiempo cada, al menos, cinco páginas. Los lectores queremos que la narración fluya amablemente, con un mínimo interés. No esperamos empacharnos (en principio no creemos que el autor sea un ingenioso descontrolado), y sí morder esos anzuelos que nos prometen un festín: ir haciendo una feliz digestión de cebos el tiempo que dure la lectura.

Se ajusta, pues, a la Teoría de las Maracas, el truco de tocarlas no para desengrasar una corriente de engrudo intelectual o ingenio reconcentrado, sino para soltar a tiempo ese pellizco de sal, meter el ruido justo que despierte, sorprenda, ciegue al lector, que se estaba aburriendo o ya dormía. A finales del 2020 me invitaron a dar una conferencia. A falta de maracas yo me llevé una pandereta y la toqué en un par de ocasiones, y falta que hacía.

Por tanto, queda claro, hay dos tipos de maracas: las maracas bombona de oxígeno y las maracas despertador.

Pensé en traer Miss Marte de Manuel Jabois a Las raíces abiertas cuando me topé con las dos primeras tandas de maracas. Que Jabois escribe con chispa suficiente cada párrafo en su labor periodística y en su obra narrativa, es de dominio público. Además, nos deleita con ese pellizco de genialidad de especial brillo en puntos bien escogidos del relato.

«No nos dijisteis cómo os llamabais». La chica que había fumado, alta y muy delgada, morena de pelo largo, la más callada y triste, dijo «Rebeca» y la chica a la que una guapa de instituto le había robado el novio sonrió de una forma divertidísima, entornando los ojos: «Miss Marte». Y dijo, con la gracia natural de una niña a la que todo le salía bien: «Es que allí hay otro canon». (Pág. 60, edición de 2021, Alfaguara).

La historia (ficción) de Miss Marte es la de una niña desaparecida y su misteriosa y jovencísima madre, reconstruida veinticinco años después gracias a un documental basado en entrevistas a los vecinos del pueblo de Xaxebe, Galicia. Desde el primer párrafo salta la resonancia de Crónica de una muerte anunciada, por el envoltorio periodístico. La historia la cuenta un periodista de la tierra, ayudante de Berta Soneira, la directora del documental.

Manuel Jabois

Otro golpe de maraca:

«Yo no me enamoré de ella al verla», dijo Santiago Galvache veinticinco años después, «sino que al verla pensé que estaba enamorado de antes». (Pág. 87)

Estas ocurrencias que no tiemblan al echar mano del absurdo, a mí me suenan más que a maracas, a gongs perfectos. Es un uso del absurdo parecido a la de la página 124:

…le poníamos la cara de la tía Fanny de Los Cinco, algo impresionante porque nadie tenía ni idea de qué cara era esa.

Pero es en la página anterior, la 123, donde encuentro la excusa para traer esta novela de Manuel Jabois a este blog lingüístico:

A menudo uno encuentra una palabra que no oyó en la vida, o la aprende por sí mismo, sólo por el mero hecho de necesitarla de la manera más urgente e insólita.

Se refiere el narrador al hecho de que un personaje, Pepe Galvache, suegro de Mai (Miss Marte), busca durante «medio siglo» un adjetivo para completar la descripción de cómo da en la pantalla de televisión Lola, la mujer del servicio. Al final concluye, para ligarlo al sustantivo presencia, con el adjetivo inadecuada.

La ocurrencia de que se puede inventar una palabra que ya existe, de forma mágica, por razón de urgencia, es un hallazgo no sólo poético sino filosófico, que como obseso del origen del lenguaje me ha hecho muy feliz.

Lemon y Wilder

Releyendo Miss Marte descubro que es un trabajo literario más deslumbrante de lo que ya pensaba, diseñado con admirable inteligencia. Para mí ha habido más anzuelos que quizá para otros: las bromas sobre el mundo periodístico, la mención a los romanos que llegaron al Fin de la Tierra, la banda sonora de los Kinks. Una lectura gozosa y profunda, más allá del entretenimiento, que junta reflexión sobre el paso del tiempo, retrato social y las jugarretas de la mente, magistralmente cerrada.

Y hasta aquí mi primer esbozo de la Teoría de las Maracas, que celebro haber podido ejemplificar con esta brillante novela de Manuel Jabois.

«Así que esta es Yulia», dijo al ver a la pequeña, cogiéndola en brazos. «La primera nena de la pandilla». «¿Quieres ser su padre? Es que no tiene», le dijo ella. (Pág. 87).

(IIIIIIIIIIII)

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El poeta del cine

Gabriel Bertotti ha publicado un libro sobre cine y lo ha titulado Margen cínico (Món llibres, 2019).

Cínico viene de la raíz griega perro, κυν-ὀς, y se usó primero para aquellos filósofos que tenían a gala vivir como perros, sin posesiones y ladrando. Diógenes y CIA.

Bertotti es cinéfilo y no sé si cínico, de los de antes o de los de ahora, y le ha dado la gana hacer un uso desplazado de ese cínico: formalmente proveniente de la raíz mencionada (perro) pero gamberramente atada por su significado al origen cine, del griego κίνησις, movimiento. Hay que recordar que cine es la abreviatura de cinematógrafo: el movimiento escrito. Lo correcto o esperable era «Margen cinéfilo», o cineasta, cinemaníaco, o cinematográfico… Pero quién quiere ser correcto.

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Dos páginas del libro: imagen de Nastasia Kinski en «París, Texas» de Wim Wenders, procesada por el fotógrafo Gabriel Bertotti.

El libro de Bertotti me parece una maravilla, una verdadera fiesta. Contiene mucha información que ilustrará a los poco o medio cinéfilos, pero más allá de los datos es una valiosa pieza literaria. Me parecen perturbadoras aparte de originales las reseñas ¡en verso! de películas como Centauros del desierto y París, Texas. Estremecedoras y lúcidas las divagaciones a raíz de Déjame entrar o de Logan

Cómo no admirar a un escritor que, gracias a Logan y su eutanasia, nos deja esto:

Un padre se transforma en maestro de sus hijos cuando les enseña a morir con su propia muerte. (Pag. 108).

En mi libro de poemas Los trofeos efímeros (Sloper, 2014), dediqué piezas a películas: El hombre que mató a Liberty Valance, El hombre elefante y La versión de Browning. Así que me he sentido muy cercano en estética y temática a lo que ha hecho Bertotti, pero lo suyo me parece más audaz porque no es la típica pieza poética que se inspira en películas y cuenta de otro modo una escena. Bertotti hace un poema que funciona como reseña y el hecho de que se nos presente en verso está justificado: hay una ambición de belleza que había que subrayar. A veces el poema no es reseña sino regalo biográfico en el que el cine es telón de fondo. Es la vida del autor el tema principal y la película, la sala de proyección, el escenario provisional de un momento eterno.

Me he reído mucho con las entrevistas geniales, inventadas, hechas a John Ford, Howard Hawks, John Huston… Con el homenaje a Tarantino en forma de guión de una escena de otra Pulp Fiction. Deliciosa la reflexión sobre las nínfulas que el arte del siglo XXI ya no podrá alumbrar, a propósito de Manhattan de Woody Allen.

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El libro contiene fotos en B/N del mismo Gabriel Bertotti, estupendas. La portada aparentemente es poco afortunada. Hay quizá mejores fotos en el interior, pero tras mucho mirarla encuentro una luz entre los dedos de ese pie que ya no sé si es luz o llaga o una inquietante invasión de… pero esperen, cojo el libro y lo alejo lo máximo de mi rostro y ¡justo ahora lo descubro! Algodón entre los dedos. Quiero creer que el autor a robado un fotograma de Lolita de Kubrick.

El libro se erige en prescripción apasionada de las películas que no podemos no haber visto o no ver cuanto antes. Despierta hambre en quienes buscan buen cine, sobre todo clásico (aunque Dios lo bendiga, también ama Endgame, Star Wars y hasta Torrente). Yo creo que ha de maravillar a quienes, como él, ya saben mucho de cine, ya han visto lo que hay que haber visto.

Yo he aprendido mucho. ¿Será verdad que Lowry murió tocando el ukelele?

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Pigmaliones: un poema viral y JT Leroy.

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Portada del libro de Escandell

LO VIRAL

Ben Clark es un estupendo poeta joven que tiene una extensa y madura obra ya publicada y premiada: premio Hiperión, premio Ciudad de Palma, premio Loewe y otros. Su último libro es Armisticio (editorial Sloper). Daniel Escandell ha hecho objeto de un estudio un fenómeno que afectó a Ben y  lo ha publicado: Y eso es algo terrible (Delirio) explica cómo un breve poema del libro de Ben La mezcla confusa se hizo viral, circuló y sigue circulando en Internet desposeído de su autoría, atribuido a cualquiera, incluyendo en esos cualesquiera a Benedetti.

El libro de Escandell se luce analizando los nuevos medios digitales y su relación con la escritura. En cierto momento ofrece una teoría sobre los rasgos del buen poema viral, y cita a Diego Álvarez: «si necesitas viralidad y repercusión, sé cursi e infantiloide».

LA APARIENCIA

¡Infantiloide! No infantil, infantiloide. Lo infantiloide es lo infantil dirigido a consumidores que han superado la infancia, al menos por edad y en teoría. Lo infantil es respetable. Podemos generar productos infantiles dirigidos a niños, y sería tonto cuestionar su bondad. Lo patético es producir arte que por su escasa ambición y elaboración, por su obviedad o por sus tópicos, no debería ser dirigido a un público que haya superado los 13 años. (El poema viral de Ben no es cursi ni infantiloide, que quede claro).

La raíz griega «oide»,  eidos, εἴδος, apariencia, forma, entra en la composición de palabras tan conocidas como androide, humanoide, asteroide. Un androide es algo con forma de hombre, una especie de hombre. εἴδος es pariente del verbo «eido», ver, y su forma de perfecto es «oida», yo sé (pues he visto). Así entendemos que saber no es precisamente conocer la verdad sino su apariencia.

(Por cierto, ¿qué rayos es un droide, invento del universo Star Wars? No es otra cosa que un androide, pero en un afán de ser original se le ha amputado a su nombre la mitad de la raíz «andro», hombre. Un caso más de uso ignorante de las raíces griegas, como en «Digilosofía«. Puestos a cortar, si hay que ser guais y vagos, mejor hubiese sido llamar a esos robots de Lucasfilm andros u oides).

Algo infantiloide es una especie de cosa infantil, dirigida a unos infatoides, es decir, una especie de niños, que son sus consumidores maduritos impresionables.

LAURA ALBERT, UNA GENIA

Pero el libro de Escandell hurga en un tema apasionante y en el que curiosamente he estado metido como consumidor justo estos días: la usurpación, la impostura, la independencia de la obra de su creador…¿Por qué coger unos versos y despojarlos de su autoría para compartirlos en las redes? ¿O por qué atribuir a nombres consagrados textos cursis e infumables? La segunda pregunta es de clara respuesta: algunos creen darle respetabilidad a su sermón si en su colofón plantan un García Márquez, un Gala o un Borges. La primera pregunta es más complicada. Pero me hace pensar en la increíble historia de Laura Albert, que me tiene fascinado.

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Laura Albert y su novio, la escritora en la sombra

La historia de Laura Albert es la historia de JT Leroy. Me maravilla Vertigo de Hitchcock porque reinterpreta los mitos griegos de Orfeo o Pigmalión: la lucha por resucitar a una muerta, la creación de una obra de arte y su salto a la vida. Laura Albert, en el impresionante documental La mentira de JT Leroy, confiesa que se sintió como el doctor Frankenstein (un Prometeo, un Pigmalión) cuando dio cuerpo, piernas, pelo, brazos, ojos, aunque los ocultase con pelucas y gafas de sol, a su criatura JT Leroy, utilizando a su cuñada Savannah Knoop.

El meollo del mayor fraude de la historia editorial fue este: Laura creía que sus libros nunca hubiesen salido a la luz si su agente literario, su editor, sus padrinos, la hubiesen visto tal como era. Inventó una personalidad, y luego sus libros. La vida turbulenta de Laura ya era lo bastante impactante como para que un psicólogo, un escritor de prestigio, un editor (los primeros fans de JT Leroy) valorasen el perfil de aquella autora. Pero el adolescente de sexo ambiguo, con sida, hijo de una prostituta de camioneros, JT, su creación y su salvación (era la pantalla que había usado para poder tener comunicación y tratamiento psicológico) tenía más puntos para triunfar. ¿Se equivocaba?

Sarah, o El corazón es mentiroso, los best-sellers de JT Leroy, salieron al mundo como obra de un jovencito frágil que las había pasado putas y que nadie había visto jamás. Hubo un momento en que, antes de publicar Sarah, Laura pudo plantearse confesar la verdad. Decirle al editor:

—Mira, no tengo 18 años sino 36, no soy chico sino chica, no soy hija de una puta que me tuvo con catorce años y no tengo sida. Pero fui una niña abusada en casa y acosada en el colegio, mis padres me metieron en una casa de acogida, de niña torturaba a mis Barbies, atiendo una línea erótica con mi novio, me quiero suicidar y peso 145 kilos.

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JT Leroy (el títere) y Bono (U2)

Esto sucedía en San Francisco, la ciudad de Vértigo. Supongo que Laura necesitaba a JT Leroy. Que su creación y los textos que esa criatura supuestamente escribía se publicasen y triunfase, no estaba en el plan. Y cuando se presentó la ocasión fue demasiado tentador para ella. Su armadura había cobrado vida propia. No podía renunciar a ella. Había creado a un escritor viral que volvió loca a la prensa, que enamoró a rebaños de famosos… ¿Habría vuelto loco a Bono la Laura Albert de la primera foto?

La personalidad de Laura Albert es fascinante. A la espera de zambullirme en su obra, he leído el libro Chica, chico, chica, de Savannah Knoop, la marioneta, donde cuenta recuerdos de seis años de farsa. Sumamente interesante tras ver el documental. Allí se lee:

—Yo sabía que tenía talento. Cuando los profesores no miraban, siempre hacía que mis compañeros de clase se divirtieran. Había un grupo de cazatalentos que, de vez en cuando, venía al colegio a ver si había estudiantes con facilidad para ponerse delante de la cámara, y los profesores tenían que elegir a los que destacaban más. A mí nunca me eligieron. A veces sentía crecer la rabia en mi interior. Yo sabía que era una líder; sabía que tenía algo. Los del equipo de filmación incluso vieron cómo hacía reír a los compañeros. Veían que yo tenía potencial, pero los profesores siempre los disuadían y elegían a la niña mona de las coletas rubias. Fue entonces cuando supe que tendría que esforzarme el doble que los demás.

Lo dice Laura, poco antes del final de la aventura.

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Ben Clark

Una historia que nos obliga a intentar llegar hasta el final de sus implicaciones. Si los libros que deslumbraron al mundo no los escribió un joven atractivo de 18, 19 o 20 años sino una mujer de 36 y obesa, ¿ya no deslumbran?

Sin un físico adecuado, ¿la industria no tolera tu obra?

Y conste que esto ha sido un salto desde el primer tema de esta entrada. Que Ben Clark lo tiene todo para ser aupado por la maquinaria capitalista y la industria del entretenimiento. ¡Es muy guapo!

Laura A. se redujo el estómago y adelgazó de modo impresionante, se convirtió en una mujer hermosa que por fin se gustó. Se opero la nariz también, adoptó un aspecto punk acorde con sus gustos antes inasumibles. Así conoció a Billy Corgan cuando éste empezaba con su banda post Smashing Pumpkins, Zwan. Conectaron al instante: almas gemelas, dos suicidas aferrados a la tabla de salvación del arte. Pero ya era tarde para comprobar si con ese físico hubiese podido ser una autora triunfadora con la obra de JT Leroy. Su monstruo llevaba años independizado. Se ha rodado una película en 2018 con esta historia, protagonizada por Kristen Stewart (Savannah) y Laura Dern (Laura Albert, una Laura Albert demasiado vieja para el personaje real).

Robert Wilson Unveils his VOOM Portraits - February 23, 2007
Savanah Knoop and Laura Albert (Photo by Paul Redmond/WireImage) *** Local Caption ***

He leído el libro de Savannah muy interesado por conocer cómo soportó esta joven llevar esta doble vida, apropiarse de la creación de Albert. Un tema siempre apasionante. Y aunque Laura A. se haya convertido en todo un personaje que, me temo, no ha sabido envejecer, creo que fue toda una escritora, no una escritoroide.

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Veneno en la cola y la forma de la muerte

En la película The Sisters Brothers, los matones protagonistas trabajan para un tipo al que llaman «el comodoro», un cacique de pueblo que extiende sus negocios por el vasto territorio americano y a quien no le afecta le ley. Él decide a quién matar: a cualquiera que entorpezca esos negocios o pueda hacerlos crecer con su muerte.

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Por cierto, el actor que hace de comodoro, es nuestro querido Rutger Hauer, Roy en Blade Runner. Tiene 4 segundos de cámara.

El comodoro tiene una casa de lujo, y en la fachada un escudo con una leyenda:

IN CAUDA VENENUM

«Veneno en la cola» se dice del escorpión o de quien te la clava a última hora. Un buen lema para alguien que ha de  aparentar poder. La vida es un escorpión: tiene veneno en la cola. Una vez más, es un lema que ha ido a parar a un grupo de Black Metal, aunque éste echa veneno desde el primer momento, sin sorpresas.

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Otro tropiezo de estos días con léxico grecolatino lo he encontrado en una película titulada «Thanatomorphose». En ella una joven se va descomponiendo, es decir, va adquiriendo la «forma de la muerte». Es una película de 2013.

«Thanatomorphose», he leído por ahí, es una palabra ¡francesa! ¿De dónde han sacado eso? ¿Del apellido francés del director, Éric Falardeau?

Ahora bien, parece que la primera vez  que alguien ha usado este neologismo ha sido en esta película. La opción «phose» en lugar de «fosis» habla de un acabado francés en lugar de español.

Tal neologismo está mal hecho. La intención de la nueva palabra era definir «la transformación de la muerte», no la «forma de la muerte». El creador del neologismo se ha limitado a tomar «morphose» de la palabra bien conocida «metamorphose», «metamorfosis», transformación. La palabra creada correctamente para su película hubiese sido «Thanatometamorphose». Un desastre.

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