Entré en una pequeña librería en Ibiza y busqué una novela en los estantes. Me decidí por un libro con cuatro relatos largos, mordido el anzuelo de la contraportada: «estos caprichos o disparates…»
Es la última publicación de J. A. González Sainz, Por así decirlo. Fue un descubrimiento, un festín de juegos verbales, feliz imaginación, tramas locas, humor y originalidad, con aroma kafkiano. En los momentos más absurdos, pensé en Vicente Marco Aguilar y su estupendo El desorden de los números cardinales.
Un personaje del primer relato dice: «me parece escandaloso, una trampa». Después el narrador comenta: «Escándalo –luego lo miré en el diccionario– viene del griego skándalon, que quiere decir efectivamente trampa.»

Curioso. Antes de que los padres de la Iglesia matizaran escándalo como algo que ofende por su cercanía con el mal, en latín escandalum significaba escollo. Un escollo es trampa para barcos, los detiene, los echa a perder, como hace el escándalo con los fieles. Además, un escollo es algo que hay que sortear, evitar. Como el escándalo cuando se ve venir.
O no se ve venir, porque es propio del escándalo, del escollo, estar escondido. Si no, mala trampa sería. La trampa provoca sorpresa una vez revelada, lo mismo que lo que nos escandaliza. La trampa en el camino y un hecho escandaloso provocan el mismo efecto: nuestro disgusto, desazón, vacilación…
Nuestro mundo no es fácil de escandalizar, pero ¿es porque es un mundo libre de trampas? ¿Es que es un mundo que nos ha enseñado a neutralizarlas? ¿O, más bien, nos ha preparado para que los escándalos no nos escandalicen, las trampas no nos dañen?
Yo echo de menos una sociedad escandalizable. Todo el mundo tiene un estómago de cemento. Y a la vez, mucha gente tiene la piel muy fina. Más bien echo de menos mis ganas de escandalizar. Da miedo escandalizar. El símbolo del escándalo es el rasgado de vestiduras. El problema de hoy es la tentación de escandalizar en público, gracias al fácil recurso de las redes sociales. Y la consiguiente posibilidad del linchamiento si ese público no esquiva el escollo deportivamente.
Buenísimo el libro de González Sainz, con sus reflexiones en bucle que cuajan en hallazgos. Dice en un momento: «¿Las palabras serían así entonces las cosquillas de las cosas?». Para degustar estas gotas de oro, conviene sumergirse en la lectura sorprendente y nada ofensiva, repleta de escollos que es un gozo trepar, de Por así decirlo.
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