Katharine Hepburn, el espíritu, la carne

En Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940), Katharine Hepburn, Tracy Lord en la película, se da un chapuzón en vísperas de su segunda boda. Estuvo casada con Dexter, Cary Grant, quien se ha presentado en el escenario a intentar frustrar la ceremonia. Le lleva un regalo: la maqueta de un velero, el True Love, Amor Verdadero.

—Qué presto era —dice Tracy. Utiliza una palabra que su novio no conoce, yar, traducida como presto en español. Se la explica: «Fácil de manejar, rápido al timón, veloz, ligero».

Si para George Kittredge (John Howard), el novio, la palabra yar es extraña en 1941, con más razón lo es su traducción, presto, para los usuarios del español de 2023. Como adverbio un tanto arcaico (rápidamente) es de uso conocido, pero como adjetivo resulta palabra rara en español, demasiado culta. Conocemos la palabra, italiana en realidad, en cambio, adosada al movimiento musical rápido (el cuarto movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven, por ejemplo). Le pasa como a su sinónimo pronto: en el uso las hemos reducido a adverbios, apenas nos acordamos de su condición de adjetivos.

Una de las referencias que nos pueden resonar, a quienes leímos o escuchamos el Nuevo Testamento, es el consejo de Jesús a sus discípulos: Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está presto/pronto/dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41).

La versión griega de este evangelio reza:

τὸ μὲν πνεῦμα πρόθυμον, ἡ δὲ σὰρξ ἀσθενής

Así que el presto que acompaña al velero de Dexter, para quien escribió o tradujo en griego en tiempo remoto estas palabras de Jesús, es πρόθυμον (prózimon): de buen ánimo, valeroso, animoso, pronto, ardiente, alegre, benévolo, propenso, fiel. (Acepciones del diccionario de Miguel Balagué, Sch. P., 1971). Obediente, dócil, añadimos nosotros. Estas dos traducciones casan con las de la palabra que usa Tracy, yar (o yare) en inglés americano, para ese presto. La ayuda de Andreu Jaume y Ben Clark me aclara que en la costa este de EEUU este vocablo marinero significa: «fácilmente manejable», «rápido», «bien equilibrado en el timón».

—¡Qué animoso era! —podría haber dicho Tracy de su velero. Se llamaba Amor Verdadero, de modo que no chirriaría: ¡Que fiel era, siempre dispuesto a obedecer al timonel, a ser veloz, siempre preparado!

Recordábamos la frase de Mateo alterada de orden: «La carne es débil, pero el espíritu está pronto». Es decir, una versión más optimista. En este orden, el espíritu vence a la carne. Para Jesús no es así, es la carne la que vence al espíritu, no hay victoria contra la tentación si no velamos y oramos para blindarnos. El espíritu es valiente, está feliz, pero para nada está preparado, es un iluso si cree que puede ganar. Será presto, veloz, se alzará con las velas hinchadas en algún momento, con un poco de suerte, pero finalmente la carne lo encadenará, lo inmovilizará. Si no oramos.

La brillante Hepburn actuó en la obra en Brodway antes de llevarla al cine. Compró los derechos de la obra teatral de Philip Barry, quien la escribió para ella, y queremos creer que contribuyó a construir el personaje, una mujer acusada de ser divina, de no tener debilidades, de no entenderlas. Una mujer animosa y preparada, como el True Love, pero final y felizmente humanizada por la carne imperfecta: ἀσθενής (aszenés). La chica que creció junto al mar, en la casa paterna de Old Saybruck, Connecticut, tuvo que tener una relación especial con la navegación y quizá este punto —pues la escena es especialmente sentida— fue aportación de la pelirroja. Cary Grant la llama Red durante toda la cinta.


Suscríbase si lo desea. Gracias.

Los percebes de Pedro Ugarte

En quinto curso de la carrera de Filología Clásica (1989), universidad de Valencia, el profesor de Lírica latina nos animaba a traducir la oda XI del tercer libro de odas de Horacio. Por allá aparecía un protervo marito, y el hombre, que hablaba siempre como si acabase de darle uso a una petaca escondida en la americana, se repente se vio impedido para ofrecernos la traducción de protervo. Simuló que la tenía en la punta de la lengua, pero nada, que no le salía. Lo vi tan apurado que lancé mi propuesta intuitivamente:

—¿Procaz? —pregunté.
—¡Eso mismo! —exclamó—. Otras cosas no las sabrás, pero esto sí —opinó.

Aquellos versos hablaban de una muchacha como una yegua que aún desconoce por su juventud los placeres del amor y teme el contacto del ardiente marido, en traducción de Germán Salinas:

quae velut latis equa trima campis
ludit exultim metuitque tangi,
nuptiarum expers et adhuc protervo
cruda marito.

Leía el otro día la novela Los cuerpos de las nadadoras, de Pedro Ugarte, cuando me encontré con este adjetivo por primera vez en mi vida de lector en lengua castellana. El narrador del libro, Jorge, hablaba de protervos sentimientos. Salté del asiento, maravillado. Iba hacia Bilbao desde Pamplona en autobús, al encuentro del escritor. Su novela, leída veintitrés años después de publicarse, me estaba encantando. La prosa de aquel Ugarte, no sé la actual, pero aquella de inicios de los 90, era espléndida, brillaba en forma y fondo. Acabo de terminar la novela y me lo he pasado bomba.5fba9ca3f433cd1eb382b114a66679fd180a2d7a

Qué bien, me dije, me ha dado una excusa para escribir sobre ella con esos protervos sentimientos. ¿Ardientes sentimientosrecurriendo a la acepción de Salinas? Sí, funciona. Protervus puede ser también violento, impetuoso, audaz, desvergonzado. El sesgo sexual de ardiente es sugerencia del contexto. El castellano de Ugarte es bien rico.

Por si no bastase el eco horaciano, hacia el final de la novela nos deleitamos con una charla de un matrimonio, en la cama. Julia tiene ganas. Jorge no. Jorge habla, habla con intención antiafrodisíaca. Es una escena muy graciosa. Julia le dice a su marido:

—Cuando tú tienes ganas hay que aguantarlo todo y cuando las tengo yo parece que no importa: tenemos que jugar a las etimologías.

Julia lo dice porque su marido, ante sus caricias, ha empezado a comentar el nombre científico del percebe: Pollicipes cornucopia, que reúne para el rico engendro los nombres latinos del pulgar del pie, del cuerno y de la abundancia. A Jorge lo que le pasa es que le empalaga el momento: suena Sinatra al fondo, han comido marisco y bebido champán. Demasiado romántico. Julia ha estado de premio intentando convencer a su hombre. En las películas de amor nunca comen percebes, ha dicho para hacerle ver que no están en ningún momento edulcorado.

Me ha gustado mucho el humor de Pedro Ugarte, de una sutileza inimitable. El humor de esta charla, con genial paradoja y absurdo.

—Escucha, Jorge, yo no he trabajado demasiado, pero conozco a gente, a muchísima gente.
—Estoy seguro de eso, gordo —contesté—. Tú siempre has manejado dinero. Si hubieras perdido el tiempo en trabajar nunca habrías podido conseguirlo.

Esta prosa artesana y vibrante de Ugarte me ha recordado a la de David Torres. Algunos de los capítulos funcionan en sí mismos como relatos redondos, magistrales, que no necesitan del resto del libro para existir, pero que hacen de este libro una obra de especial valor.

El libro nos cuenta la vida de Jorge, saltando de mujer en mujer. El nadador de Cheever transcurre de piscina en piscina, y esta novela de Ugarte transcurre de mujer en mujer. Es de una sinceridad loable, el personaje no teme caer en una mirada burlona o escéptica sobre el sexo femenino, a riesgo de merecerse tirones de oreja de las cazadoras de machistas de hoy, la mayoría de las cuales no habían nacido cuando Pedro escribía estas páginas. Y, curiosamente, aparece alguna situación en que el mismo Jorge adivina el disgusto del colectivo feminista, aludido según la realidad de hace veinte años: «grupúsculos feministas», constatando que hubo un tiempo en que el feminismo de piel fina era algo friqui y marginal.

Me ha encantado la inteligencia, la sabiduría, el ingenio de Pedro Ugarte. Su humor y su ternura. Iré a por más.IMG_7338

En Bilbao he tenido el honor de encontrarme con él, de entrar en su despacho y de obtener dedicatorias en tres de sus libros (Los cuerpos..., Lecturas pendientes y La isla de Komodo). Le hice una foto junto al psicólogo y escritor Ernesto Maruri, otro amante de las etimologías.

Lo olvidaba. Pedro es uno de los autores que entrevisté para mi breve ensayo incluido en La mala puta. requiem por la literatura española, de 2014. Su historia de joven finalista del premio Herralde me interesaba. Los cuerpos de las nadadoras es estupendo. Una gozada.

 

 

 

 

Cuando la poesía es traducción

Hace poco, de buena mañana, recién empezada mi primera clase del día (8:00 h), recibí un whatsApp de una amiga. Me decía que estaba leyendo a Lacan y se había topado con dos palabras en griego clásico. Me preguntaba por su significado.

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(Paréntesis: ¿qué les parece que para estudiar la carrera de Psicología nuestro sistema académico conduzca a nuestros estudiantes por el bachillerato de ciencias en lugar de por el humanístico, como siempre había sido?)

Me preguntaba mi amiga por «aletheia» y por «lethe»: ἀληθεία, λήθη, verdad y olvido respectivamente.

Casualmente o no, estas dos palabras con las que mi amiga psicóloga se topó en páginas distintas comparten raíz: «lethe», λήθη . La alfa que niega ante esa raíz, nos invita a traducir «verdad» como «no olvido», «ausencia de olvido».

Si en un verso de un poema alguien plasmara la expresión rimbombante «la verdad es ausencia del olvido», no sabríamos si encajar su lectura con un mohín ante algo cursi o ante algo petulante. Sin embargo, tal expresión no resulta ser un logro de la sensibilidad, un hallazgo verbal, un despliegue de talento poético: es una simple traducción.

¿La verdad es ausencia de olvido? Ausencia de olvido es recuerdo. ¿La verdad es recuerdo? Platón pensaba que no aprendemos: recordamos. La sabiduría (luego la verdad) es recuerdo. No nacemos a esta vida en blanco, tamquam tabula rasa. La teoría de la reminiscencia explica que somos almas procedentes del mundo de las ideas, por lo tanto solo tenemos que ponermos a dialogar filosóficamente para recordar lo que ya sabemos.

Quienes entienden la escritura o creación de poesía como un modo de conocimiento, y dan preeminencia a su vertiente filosófica, se podrían poner morados si supieran griego. No sólo dispondrían de un tesoro de conocimientos procedentes de la simple traducción, sino de un lenguaje impregnado de esa belleza primera que brilló en el bautizo de las cosas. Me acuerdo de esto por ejemplo siempre que tropiezo con la palabra cometa. ¿Qué es un cometa sino una «cabellera» luminosa? Es eso exactamente. ¿Es poético? Claro, pero no pretendía serlo. Es una obviedad, es una traducción.

Y ya que ha salido el cometa, os recuerdo la preciosa canción de La Marabunta, Venusiana.

Por cierto: ¿Platón creó palabras? ¿Debemos a Platón el ingreso en la lengua griega de las palabras  ἀληθεία y λήθη? Si creemos que no, entonces la teoría de Platón de que no aprendemos la verdad, sino que la recordamos, tampoco fue un aprendizaje ni una tesis osada. Se limitó, de nuevo, a entender la lengua de sus antepasados. No tuvo ni que recordar. Solo escuchar.