Un estudiante de Clásicas

A mis alumnos de griego de 1º de bachillerato el mundo (sus compañeros de otros bachilleratos, los parientes, la calle) les dice que estudiando latín y griego no harán nada de provecho en la vida. Es una cantinela eterna, que no se escucha más ahora que hace cuarenta años. Seguro que también tienen que oírla jóvenes que optan por estudiar carreras como Filología Hispánica o Filosofía, Arqueología o Bellas Artes. En fin, lo vocacional está reñido con lo útil.

Yo quise estudiar Filología Clásica en la universidad de Valencia, en 1984, porque me gustaba el latín, porque pensé que tener esa lengua medio domada me iba a hacer muy fácil esos cinco cursos de universidad. Me engañaba, pues me esperaban muchas asignaturas ajenas a la filología clásica, asignaturas compartidas con otras filologías, como Literatura Española, Lingüística General, Lengua Española, Crítica literaria… No había caído en la cuenta de que la Filología Clásica incluía el griego además de latín, y yo no sabía griego. Me iba a desprender los dos últimos cursos de todas las asignaturas comunes, pero el griego me iba a perseguir los cinco años.

Uno hace planes y luego lo que pasa es la vida. He sido profesor principalmente de griego desde 1990. Ayer un periodista de Radio Nacional le preguntaba a una científica cómo traducir a la audiencia la palabra «Criosfera». Se refiere a las partes heladas del planeta, respondió la mujer. Hablaban del calentamiento global, de los glaciares en extinción. Imaginemos una ciencia sin griego, cómo iba a progresar ni un metro.

Mi atasco con el griego en la universidad, mi lucha con él, se tradujo en una conquista. Y una relación de feliz convivencia durante 35 años. Hace casi 5 años escribí una novela que ahora ha salido a la luz. Basada en hechos reales, recuerda mis cursos 2º y 3º de carrera, y el momento en que me planteé cambiarme de Filología Clásica a Anglogermánica. «Pisábamos los charcos», la titulé en homenaje a la canción de Golpes Bajos de cuya letra extraje la cita, banda sonora de una etapa muy especial de mi vida.

Te invito a leerla. Es un canto a la memoria de los amigos, la resurrección de un tiempo de sueños y descubrimientos.

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A la venta aquí: https://edicionesdelviento.es/es/inicio/278-pisabamos-los-charcos.html

Morse, un poli instruido

El sargento Morse no es un policía del montón. Ha estudiado en Oxford, tiene una cultura superior a la habitual en el cuerpo de policía y, gracias a ella, desde el primer episodio de esta magnífica serie, resuelve casos.

En la última temporada, titulada Endeavour: el final, una joven muere tocando el violín en un concierto.

¿Muerte natural? Morse no se fía. Averigua que la chica era alérgica a los frutos secos. ¿Cómo envenenarla sin que se entere? Morse descubre que alguien ha triturado frutos secos hasta hacerlos polvo y los ha mezclado en la colofonia, la crema con que se pringan las cerdas del arco con que se toca el violín.

¿Colofonia? ¿De dónde sale esta palabra? ¿Tiene algo que ver con sonido (φωνή– foné)? Estamos hablando de violines, así que es lógico suponerlo. Pero ¿y la primera parte de la palabra? ¿Será κωλύω (colío), impedir? ¿Será κῶλον (colon), miembro? Nada de esto sirve.

Las etimologías online nos dicen que la palabra es griega, κολοφωνία, colofonía. Ya los griegos llamaban así a esta resina valiosa, útil para tantas cosas antes de la invención del violín. ¿Pero significa algo? Lo normal es que una palabra, en griego, tenga una significado atendiendo a sus raíces, pero ninguna raíz aplicada a sonido sirve para traducir colofonia.

Un día después de ver el episodio de Endeavour, mientras desayunaba, caí en la cuenta. ¿Y si viene de Colofón, la localidad griega de Asia Menor, donde se baraja que nació Homero y residió una vez Epicuro?

Busqué información sobre Colofón y supe que la ciudad era famosa por la producción de resina. Wikipedia dice: «Característica de Colofón fue la resina, mencionada por Plinio el Viejo y Dioscórides como resina colofónica que pasó al francés como Colophana, y que se obtenía del monte Galesio, cercano a la ciudad, donde había grandes extensiones de bosques de pinos.»

El diccionario en papel de la RAE, en la edición que tengo de 1984, sí añade a la definición de colofonia el origen del nombre, debido a la resina de la mencionada ciudad.

Por cierto, nuestra palabra colofón, que es remate, culminación, término, punto final… es exactamente la misma con que nombramos a la ciudad jónica. También en griego, como nombre común, significa cumbre, final.

¿Estaba la ciudad de Colofón en una cumbre? Apuesto a que sí. Una cumbre colofónica, sin duda, donde olía a resina de pino.

«Godless» y Jenofonte

Este tropiezo no ha sido con una etimología, pero estamos abiertos a hacer eco de cualquier rastro del mundo antiguo.

Es el inicio del capítulo 5 de la serie Godless, un western de 2018 que no está nada mal. Frank Griffin (un impecable Jeff Daniels) es un forajido al mando de treinta desalmados. Masacra pueblos enteros sin despeinarse. Mujeres y niños.

En la escena que comento, sermonea a Roy Goode (Jack O’connell), un hijo adoptivo, sobre el cuidado de los caballos.

–Si algún día aprendes a leer, podrías cruzarte con un hombre llamado Jenofonte.

–¿Jenofonte? Vamos, Frank, ¿por qué no admites que te lo inventas todo?

–Era un alumno de Sócrates. Dicen que fue el primer jinete auténtico. Creía que los caballos, al ser animales-presa y eso…sus mayores instintos…eran el temor, la huida y, al final, la lucha. Y, por esa razón, el viejo Jenofonte creyó que domarlos tenía más sentido que someterlos. Que en lugar de forzar y pegar al animal, usaría una cuerda, un control moderado y un buen trato. Y que lo haría así.

Mientras va diciendo esto, Frank deja un caballo delicadamente tumbado en el suelo. Y dice luego:

–Para un caballo estar tumbado no es natural. Lo vuelve sumiso, lleno de temor. Dificulta que haga lo que quiere hacer, que es escapar. Tiene que confiar en ti. A pesar de lo que algunos creen no se trata solo de enseñarle quién manda, sino de mostrarle que tú eres el que le alimentarás y le darás de beber. Tú eres el que cuidará de él.

Frank endereza al caballo y se sube a su lomo.

–Se trata de mostrarle que puede confiar en ti, siempre y para siempre.

Y el caballo se levanta con él encima.

¿Cómo? ¿Jenofonte el primer jinete auténtico? ¿De dónde se han sacado eso los guionistas de Godless?

No de las aventuras de su libro más perdurable, Anábasis, sino de su tratado sobre equitación, el más antiguo escrito. En ese texto dice: Hay que acariciar todo el cuerpo del potro, especialmente donde más le gusta, como crin y tupé y los sitios donde el potro mismo no se puede alcanzar. 

Jenofonte es aún más amoroso de lo que Frank Griffin recuerda.

¿Convierte eso a Jenofonte en el primer jinete auténtico de la historia? Bueno, el cine, todo arte, es hiperbólico, ya se sabe.

Lo cierto es que el mote que nos ha quedado de Jenofonte no es «el corcel mimado» sino «la musa ática» o «la abeja ática», al parecer por su prosa dulce y zumbona. También pusieron este apodo a Sófocles, por motivos similares. Parece que para ser abeja bastaba con ser de Ática.

En fin, cuando una obra de arte del siglo XXI hace un guiño a un padre de la cultura occidental del siglo V antes de Cristo, nos consolamos. Un colono en el Oeste americano en el siglo XIX está más cerca de un guerrero griego dos mil quinientos años anterior que de nosotros, a ciento cincuenta años, aislados de la naturaleza, de su dureza y su corazón. Al menos lo sabemos y, algunos, se acuerdan de aprovecharlo en su película, en su serie, en su novela. En su poema.

Crusat, Antígona, Sebald y lo imposible

Leía hace unos días un libro delicioso y muy brillante que recomiendo, obra de un hombre de cultura apabullante (reconocida ya por varios prestigiosos premios). Se trata de W. G. Sebald en el corazón de Europa, de Cristian Crusat (Wunderkammer, 2020).

Crusat ensaya un recorrido muy interesante de la mano de la obra originalísima del autor de Los anillos de Saturno, un canto casi fúnebre a un mundo de ayer que quizá no es tan distinto, en el fondo, al de hoy. La capacidad de análisis y la audacia del pensamiento del autor ha de fascinar a los lectores de Sebald y lanza, a los que lo tenemos pendiente, directamente a zambullirnos en su obra, seducidos por su ética de la contención y la pequeñez.

Cristian Crusat

Crusat nos describe en el libro una genialidad de Larry David, quien en su serie Curb your enthusiasm muestra una escena demoledora sobre la incapacidad de los ojos contemporáneos para ver el sufrimiento de las generaciones precedentes.

En otro momento nos recuerda la Antígona de Jean Anouilh, y un dato histórico: entre un tercio y un cuarto de millón de hombres quedaron sin sepultar entre las trincheras de Verdún.

Si intentamos encajar ese cuerpo insepulto en las figura de Polinices y Eteocles, los hermanos de Antígona, nos falla el planteamiento de la tragedia. Crusat cita a Steiner: los cuerpos insepultos pronto quedan reducidos a una papilla indistinta.

En clase les leí a mis alumnos esas páginas, y luego nos pusimos a leer el principio de la Antígona de Sófocles. Nos detuvimos aquí:

ἀρχὴν δὲ θηρᾶν οὐ πρέπει τἀμήχανα.
[arjén de zeran u prepei taméjana]

No es conveniente perseguir desde el principio lo imposible,
tradujo Assela Alamillo para Gredos en 1992.

Propuse a mis alumnos que tradujéramos de otro modo y dimos con esto:

No conviene empezar por ir tras lo inútil

Aunque jugamos a traducir θηρᾶν por su acepción más básica, así: cazar lo imposible, lo sin remedio. Solo se puede cazar lo que se persigue. Para cazar hay que correr, ir tras la presa. No merece ser llamada caza la actividad que se cobra una pieza si el cazador está quieto, escondido, apostado traicioneramente como un verdugo.

Les dije a mis alumnos:
—Recordad esta frase de Ismene, la hermana sensata, temerosa, y dentro de treinta años, decídsela a algún hijo vuestro, así, en griego, y acordaos de mí que estaré criando malvas.
Gloria terció: pero no hay nada imposible.
Entonces, les dije, recitad ese consejo o su contrario según os convenga. Unas veces será útil uno, otras otro.
No les dije la verdad: que no se trataba de acertar algún día en el maternal consejo, sino de acordarse de su sentimental profesor.

Añadí:
—Haced como Groucho, que dijo Estos son mis principios, si no les gustan, tengo otros.

Y entonces me di cuenta de que ninguno de mis once alumnos sabía quiénes son los hermanos Marx, y entendí que antes de llegar a Sófocles, incluso antes de pasearlos por la Europa de Sebald, tendría que darles a probar la sopa de ganso.