La virtud de Enrique Murillo

Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Enrique Murillo. Trama, 2025. 540 páginas.

La excusa clasicista: En Personaje secundario se comenta que la agente Carmen Balcells «colocó» en cierta ocasión a la editorial P&J nada menos que una colección de libros y hasta el título, Areté. Balcells «le vendió (a alguien de la empresa) el paquete de la idea, diseño, formato y tres docenas de autores por anticipos altísimos para sus escasas ventas”. Escribe Enrique Murillo: «Areté, según balcells, significaba excelencia, una palabrita de las que en las escuelas de negocios se habla cada dos por tres, incluso ahora». La acepción más común de ἀρετή (arete), la de Virtud, no les interesaba a la vendedora del proyecto ni al comprador, cuyo objetivo era borrar del universo mundo una colección que había empezado Murillo, Ave Fénix Serie mayor (para distinguirla de la Ave Fénix a secas, que era de bolsillo).

Ha sido a la vez gozoso y doloroso leer este libro. Doloroso porque lo he leído con la muñeca derecha escayolada y la izquierda con esguince (caída de bicicleta dos semanas atrás). La derecha aguantaba, protegida por la escayola, pero la izquierda, a medida que avanzaba la lectura y me acercaba a las 500 páginas, iba acusando crecientes dolores. Inevitable. No podía dejarlo porque leerlo sobre todo era gozoso.

El libro de Enrique Murillo constituye una historia de la industria editorial y de la novela española desde los 50 hasta la actualidad, y para quienes llevamos desde los 80 merodeando ese mundo como lectores, autores o editores, resulta ser un viaje revelador, nostálgico, emocionante. 

Como Zelig, el ubicuo personaje creado en 1983 por Woody Allen, Enrique Murillo ha estado cerca (pero invisibilizado) de incontables acontecimientos literarios gracias a su peregrinaje por varias editoriales. Su perfil de editor es ejemplar. Curtido lector, empezó traduciendo del inglés y leyendo para Herralde (Anagrama), y haciendo informes, y asesorando en lacónicos improvisados encuentros de despacho, a veces. Pero también era un escritor, algo fundamental. Es decir, creador con un criterio claro del camino que debía seguir la novela española en los 80, la generación que tomara el testigo de la de Cela y Delibes. El que debía seguir él mismo y el que debía fomentar un editor en España en los tiempos en que Tusquets y Anagrama intentaban corregir la deriva de Destino, el sello de referencia hasta entonces.

Pero pronto se vio convertido en hombre para todo, y lo voy a resumir en una palabra: negociador. Fue el encargado de lidiar con la prensa en Anagrama, para limar un error de Herralde, y se ha pasado luego la vida negociando con todos: autores, agentes, editores, periodistas, ejecutivos “compañeros”… Me ha parecido clara la gran virtud de Murillo: el don de gentes. Su perfil codiciado en el mundo editorial se sostuvo gracias a esto, a su agenda y a su dominio del inglés.

Boyd Crowder, personaje de Justified

Este negociador ha tenido una retórica eficaz. Me ha recordado a Boyd Crowder, el forajido de la serie Justified (FX, 2010). Crowder salva el cuello continuamente gracias a su pico de oro cuando un revólver le apunta a un palmo de la sien. En alguna reunión de trabajo en Plaza & Janés y Planeta, Murillo sale ileso o triunfante gracias a su verbo templado, además de su conocimiento del paño. “Frío como el acero”, se confiesa hacia el final del libro.

Para mí ha sido fascinante recorrer la vida de Enrique e ir enlazándola con la mía propia, porque nos separan veintidos años, pero nos une la vivencia en torno a unos mismos libros. Yo tenía 32 años cuando Felipe Hernández me habló en 1998 del que había sido su editor en Anagrama en 1989 (Murillo). No tenía ni treinta cuando reseñé en 1993 para el suplemento Arxipèlag del diario El Día (encargo de Basilio Baltasar) el Don Juan de Anson, que Murillo había llevado a las librerías. Antes que Enrique, creo, entrevisté a Pinilla en 2005 en Getxto y, cómo él, quedé impresionado por el escritor vasco.

Enrique Murillo nos recuerda las aventuras de sellos y colecciones que miles de letraheridos seguimos desde las mesas de las librerías durante décadas. Será por casualidad, pero el hecho es que Enrique puede contarnos desde una posición privilegiada un relato por el que circulan Javier Marías, Pérez Reverte, Kennedy Toole, Pombo, Amis, Easton Ellis, Marsé, Fernández Cubas, Wolfe, Terenci Moix, Adelaida García Morales, Tolkien, Rushdie, Le Carré, Ruiz Zafón, el hoy emérito Juan Carlos (vía JL de Vilallonga), Franzen, Julian Assange, Perezagua… una lista imponente, interminable.

Son muchos los datos sabrosos, dan para un extenso resumen, pero escribo con la derecha escayolada, así que seguiré con una especie de lista para recoger las ideas que más me han llamado la atención.

  1. Murillo acuña “narradores en el sentido pinillesco de la expresión”. María Bengoa, viuda y principal reivindicadora de un reconocimiento (no creo que de crítica, pero quizá sí de público) de Ramiro Pinilla, debería celebrar este párrafo. Porque propone nada menos que la etiqueta de pinillesca, recurriendo a un apellido completamente ausente de la crítica literaria desde los 70 al siglo XXI, para un modo de entender la novela que, al fin y al cabo, ni inventó nuestro querido Ramiro ni pudo ramiro popularizar. Es más justo hablar de un sentido murillesco de la expresión, pero los fanáticos de Pinilla no debemos protestar.
  2. Anagrama construyó su catálogo (cuando Murillo no pudo evitarlo) atendiendo a los apellidos de los autores o a la presunción de «estar a la última», por encima de criterios literarios. 
  3. La calidad humana de Javier Marías, probada en hechos como la carta que le escribe a Murillo comentándole el borrador de una novela de este último.
  4. La falsedad de la idea instalada de que ningún editor se interesó en EEUU por La conjura de los necios.
  5. “Realismo sucio” es una etiqueta poco acertada para Dirty realism. Mejor salvaje o turbio.
  6. La eterna presencia/supervivencia de Pere Gimferrer en Seix Barral, a pesar de desastres tan sonados como dejar escapar a Kundera.
  7. El aviso de Javier Pradera a Murillo en la redacción del País: “Este periódico detesta la cultura”. Una pincelada dentro del fresco que pinta Murillo, en el que periodistas que no te consideran de su gremio te ningunean. Por ejemplo, la prensa deportiva ignoró un potencial best seller sobre el Barça.
  8. Celebro el rechazo de Murillo de esa literatura que sí “se siente acosada por los fantasmas de la originalidad y la innovación continua”.
  9. La descripción de la prosa de García Sánchez: “pleonásmica, atiborrada hasta lo informe, reiterativa, continuamente desviada en incontables excursos”. Tuve que reseñar para El Cultural una vez una obra suya, K2, y no recuerdo tortura lectora comparable. El texto debió de quedarme algo duro, pues fue suavizado sin mi conocimiento en esa redacción. 
  10. El infierno de trabajar en multinacionales (Bertelsman, Planeta). Murillo: “iba a entrar en una organización para la que solo podía prepararme el haber leído tanta novela negra”. Lo que antes he escrito sobre Justified, basada en la obra de Elmore Leonard. Murillo habla de escenas donde se ven “volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados”, “robar dinero a raudales”.
  11. La evidencia de que macroempresas editoriales, las que más dinero mueven, más empleados sostienen, las en teoría por tanto “más profesionales”, son las menos preocupadas por hacer bien las cosas.
  12. En mi ingenuidad, reconozco que me sigue escandalizando el dato de que existan empresas con pérdidas y deudas millonarias –como la Plaza & Janés («llevaba más de cinco años perdiendo dos mil millones de pesetas anuales») o la Alfaguara que recibieron a Murillo– y que no pase nada, que el monstruo siga andando. Un comportamiento que uno solo creía propio de partidos políticos, que reparten irresponsablemente prebendas a sus militantes cada vez que tocan poder.
  13.  En la misma línea, el irresponsable regalo de un reloj de oro en tiempo de vacas flacas a Saramago por decisión de una editora en un acto de pleitesía que no deja tampoco en muy buen lugar a Saramago, si lo aceptó. Y uno se pregunta, además: ¿qué clase de literatura puede ofrecer un escritor divinizado?
  14. Lo cerca que estuvo Enrique Murillo de recibir un uppercut asesino del autor de American Psycho
  15. La jugada maestra de publicar, con funambulismos financieros, El Rey y La Reina, los libros más vendidos en la historia de P&J.
  16. Las estrategias publicitarias. Cuándo vender exclusivas o publicación de extractos de adelanto de lanzamientos en prensa, cuándo regalarlas.
  17. La historia de Juan Guillermo López, asesinado en México.
  18. El admirable contorsionismo de Murillo para evitar ser director editorial de Planeta y poder disfrutar de su casa en la ladera del Montseny.
  19. La fina ironía sobre gente nacida y vivida en Sarrià y veraneada en Cadaqués, “no como otros”. Gente que pocos méritos más necesita para llegar a dirigir una editorial o ver publicado un libro propio (esto lo aventuro yo).
  20. ¿Hay que publicar, se venderá este libro? Es una pregunta que nadie jamás puede contestar con seguridad. La única respuesta sensata es siempre la misma: y yo qué sé.
  21. Los errores narrativos que contiene la última y celebradísima obra de Delibes, El hereje.
  22. La sobrehumana capacidad de trabajo que demostró tener EM durante tantos años.
  23. La negritud que parece esperar a la industria del libro en general y a la salud de la literatura de calidad en particular, cuando las grandes empresas que copan las librerías en realidad sobreviven gracias a otros negocios (si lo he entendido bien).

    Y aquí dejo de aumentar la lista.

No puedo concluir este texto sin remarcar la labor y aportación, la inspiración de Murillo. Su labor como editor político en el sentido de cívico: publicar ensayo combativo por responsabilidad, publicar libros-acontecimiento por necesidad, publicar novela y descubrir autores por el verdadero placer de palpar el talento.

Gracias por tu vida, Enrique. Por lo tanto, muchas gracias, Fe.

Ah, y ya he encargado a mi proveedor todos los libros del Enrique Murillo narrador.

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Los que se quedan con «el hueso»

Película. Cinco chicos, en un internado en 1970, se tienen que quedar en el colegio solos, al cargo de un profesor de historia antigua, con la cocinera a su servicio, durante las navidades. A los pocos días solo queda en el colegio uno de ellos y se crea una provisional familia de tres.

Paul Hauham (un Paul Giamatti adorable y estrábico) es un hueso, un borde, un amargado inflexible que antepone la honesta justicia del suspenso merecido a cualquier presión de su director, que le implora el aprobado para un hijo de un mecenas del colegio. En la primera escena ya nos queda claro el perfil de este profesor antipático, héroe de la integridad y con valores en vías de extinción, como la cultura humanista que imparte y que vive.

¡Otro profesor de humanidades odiado por los alumnos, como el Crocker-Harris de La versión de browning! Sí, pero también ¡Otra gran película gracias a estos personajes que, al final, son un verdadero encanto!

Paul Haunhm (Paul Giammati) en The holdovers (Los que se quedan) de Aexander Payne (2023)

El primer año que di griego en un instituto creía que la asignatura era el diamante del curriculum, la más importante y en la que el alumno tenía que demostrar su mayor brillo. Por eso no me encajaba, me perturbaba poner un 8 en griego a alumnos que suspendían varias asignaturas.

Ahora empezaré mi último curso como profesor. Ya hace muchos años que, para ser feliz, he tenido que asimilar que el griego es una «maría», un trámite, una espiga más en el manojo de obstáculos que el estudiante tiene que saltar por obligación, no por amor. ¿Qué actitud deben tener los profesores de clásicas hoy por hoy? Quizá en el siglo XX los profesores de latín, griego, historia antigua… estaban a la defensiva, pataleaban ante la amenaza de su extinción. En el siglo XXI, cuando aún existimos, podemos dedicarnos a vegetar sin tantos humos.

La historia es del escritor y guionista David Hemingson. No sale de una obra literaria, como en el caso de La versión de Browning, basada en la pieza teatral de Rattigan. Es excelente.

Podía caernos mal el profesor que hace alarde de tanta integridad y suelta citas en latín a cualquier parroquiano. Pero cómo no amarlo cuando le espeta al final de la cinta a su jefe:

–Siempre he pensado que eres un cáncer de pene con forma humana.

Albert Finney en La versión de Browning de 1994, de Mike Figgis

Un estudiante de Clásicas

A mis alumnos de griego de 1º de bachillerato el mundo (sus compañeros de otros bachilleratos, los parientes, la calle) les dice que estudiando latín y griego no harán nada de provecho en la vida. Es una cantinela eterna, que no se escucha más ahora que hace cuarenta años. Seguro que también tienen que oírla jóvenes que optan por estudiar carreras como Filología Hispánica o Filosofía, Arqueología o Bellas Artes. En fin, lo vocacional está reñido con lo útil.

Yo quise estudiar Filología Clásica en la universidad de Valencia, en 1984, porque me gustaba el latín, porque pensé que tener esa lengua medio domada me iba a hacer muy fácil esos cinco cursos de universidad. Me engañaba, pues me esperaban muchas asignaturas ajenas a la filología clásica, asignaturas compartidas con otras filologías, como Literatura Española, Lingüística General, Lengua Española, Crítica literaria… No había caído en la cuenta de que la Filología Clásica incluía el griego además de latín, y yo no sabía griego. Me iba a desprender los dos últimos cursos de todas las asignaturas comunes, pero el griego me iba a perseguir los cinco años.

Uno hace planes y luego lo que pasa es la vida. He sido profesor principalmente de griego desde 1990. Ayer un periodista de Radio Nacional le preguntaba a una científica cómo traducir a la audiencia la palabra «Criosfera». Se refiere a las partes heladas del planeta, respondió la mujer. Hablaban del calentamiento global, de los glaciares en extinción. Imaginemos una ciencia sin griego, cómo iba a progresar ni un metro.

Mi atasco con el griego en la universidad, mi lucha con él, se tradujo en una conquista. Y una relación de feliz convivencia durante 35 años. Hace casi 5 años escribí una novela que ahora ha salido a la luz. Basada en hechos reales, recuerda mis cursos 2º y 3º de carrera, y el momento en que me planteé cambiarme de Filología Clásica a Anglogermánica. «Pisábamos los charcos», la titulé en homenaje a la canción de Golpes Bajos de cuya letra extraje la cita, banda sonora de una etapa muy especial de mi vida.

Te invito a leerla. Es un canto a la memoria de los amigos, la resurrección de un tiempo de sueños y descubrimientos.

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A la venta aquí: https://edicionesdelviento.es/es/inicio/278-pisabamos-los-charcos.html

Nuccio Ordine, la anécdota

Hace un par de años un amigo, J. M. Barquero, me comentó que había asistido en Palma a una conferencia multitudinaria impartida por un tal Nuccio Ordine, humanista italiano por lo visto muy famoso. No mucho después le concedieron a Ordine el Premio Princesa de Asturias, que no pudo recoger en persona porque se murió inesperadamente a los 64 años. Fue un derrame cerebral, se dice, pero no descartemos que lo quitara de en medio alguna conspiración internacional, y es que Ordine proponía otra manera de estar en el mundo, más lenta, más «destecnologizada».

Nucio Ordine. Foto De Alba Vigaray

La anécdota es que una profesora de español en Bérgamo, Desi Baute, el Día del Libro de 2023, de paso por Palma, se acercó a la mesa de la editorial Sloper en la calle San Miguel. Se interesó por mi novela Una heroína intergaláctica, y en posteriores conversaciones me contó que había sido profesora de español de Ordine. Me pasó enlace a la famosa charla de Ordine con estudiantes en Madrid, que merecidamente tiene más de 12 millones de reproducciones.

Se comprende el éxito de este divulgador de las humanidades. Tiene carisma y pasión. Es escucharlo y salir corriendo a comprar Orlando furioso, pero luego en la librería no encuentras ninguna edición apetitosa. Me sorprendió Ordine cuando explicó la importancia de seguir enseñando griego clásico en el bachillerato. Expuso un argumento de puro sentido común que me hizo ruborizar porque nunca se me había ocurrido. Yo siempre aduzco, cuando me veo obligado a defender las lenguas clásicas, razones más egoístas: el estudiante que se enfrenta al latín y al griego obtendrá un beneficio personal, adquirirá unos recursos útiles (ah, la utilidad de lo inútil que decía Ordine) para su vida. Pero Ordine apela a una responsabilidad con el futuro: si dejamos de transmitir el conocimiento del griego clásico, nos exponemos a que llegue un día en que sobre la Tierra nadie sepa leer un legado, incluso leer cualquier nuevo descubrimiento de materiales que contengan esa lengua.

Hace unos meses leí ese librito en que Ordine habla con George Steiner (George Steiner, el huésped incómodo). Es leerlo y salir corriendo a comprar El lapsus freudiano de Sebastiano Timpanaro, autor que inspiró al personaje de la novela de Steiner Pruebas, aunque sea en una librería on-line de segunda mano. En este libro Ordine recuerda que la palabra italiana senno significa sensatez, el seny de nuestro mallorquín. Y en cierto momento utiliza el adjetivo ecdótico. Novedad para mí. ¿Qué es ecdótico? Lo anecdótico lo tenemos dominado, pero ¿qué es lo opuesto a lo anecdótico, lo positivo de esa carencia que supone lo anecdótico?

Ecdótico es el adjetivo de la ecdótica, que es la disciplina que se ocupa de la edición de textos. Llevo casi treinta años haciendo de editor y más dando clases de griego y nunca se me había ocurrido mirar cómo es en griego edición: ἔκδοσις, dice la RAE. Pero en griego básico significa entrega, rendición. Es fácil apropiarse de este vocablo y presumir que en el gesto de editar un libro o un texto hay dádiva y sumisión.

¿Y qué tiene que ver con eso lo que comúnmente llamamos anecdótico, que entendemos como banal, secundario, superficial y distraído? En un trabajo de Pilar Tejero Alfageme para el Diccionario español de términos literarios internacionales, del CSIC, leemos que la palabra griega ἀνέκδοτος (anécdotos), en plural anécdota, es usada por Cicerón para referirse a escritos aún no publicados. O sea inéditos. ¿Cómo pasa a significar, la palabra anécdota, breve relato entretenido?

Tejero lo explica. Se utiliza por primera vez con este valor en 1654 por Jean Louis de Balzac (Anecdote) y ya Voltaire titula Anecdotes sur Fréron (1761) una colección de historias curiosas o, literalmente, «no contadas, o no publicadas antes». Antes de estas fechas a este tipo de relatos de los llama Apotegmas (ἀπόφθεγμα , apófzegma, es máxima u opinión) o Chría (de raíz χρή, jre, ser necesario o útil), pues eran dichos breves y útiles sobre un personaje.

Es evidente, pues, que en la naturaleza de la anécdota se junta la condición de «no editada» y la condición de relato entretenido, breve, antes inserto en géneros mayores como el simposíaco o las enciclopedias, y ahora fijado por primera vez, ya no inédito paradójicamente, cuando con la ilustración muchas historias transmitidas solo oralmente pasan a impresas.

Un último apunte sobre el carismático Nuccio Ordine. Cuando habla o escribe sobre la necesidad de que los profesores sean tan perfectos y apasionados que cambien la vida de sus alumnos… ¿En serio? Imagínense qué espanto. A las 8:00 h. te cambia la vida el profesor de Sociales. A las 9:00 h. te la cambia la profesora de inglés. A las 10:00 h. el de latín. A las 11:00 h. el de… En fin. Pobres chicos. Bendita mediocridad, bendito perfil bajo el de la clase docente. Es justo y necesario.

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Torrente Ballester como vilano

Leo por primera vez Quizá nos lleve el viento al infinito, novela de Gonzalo Torrente Ballester publicada en 1984, gracias a un taller que ha impartido David Torres, gran admirador del novelista gallego.
La escritura de TB es magnífica, brillante y clara y juguetona. Lírica y cómica, la más inteligente e ingeniosa que recuerdo jamás haber leído.

Ingeniosa adjetivando. «Motoristas ululantes», «vigilantes puntas de cigarrillos».

Ingeniosa describiendo: estar erguido es «la postura justa de una serpiente ofendida». «…algo escurrida de pecho, y ahora, en el suéter, le soplaban por dentro vientos gemelos y turbadores».

Ingeniosa en situaciones y diálogos:

«—…¿se habría acostado con ella?

—No, esté usted tranquila. No se me pasó por las mientes.

—Esas cosas —me replicó ella—, no pasan precisamente por las mientes.»

Esta novela es extraordinaria por su originalidad, por cómo, partiendo de una parodia de las novelas de espías y de ciencia ficción, consigue embaucarnos en un juego nada verosímil. No suspendemos la incredulidad; suspendemos, neutralizamos la credulidad, nos importa un rábano creer, queremos jugar.

Un ser fantástico, capaz de suplantar identidades a placer, anda invadiendo los cuerpos de otros hombres vinculados a una trama de espionaje. Lo amenaza, le sigue la pista una matahari que es un perfecto robot, y se enamora de Irina, agente de la KGB. Las peripecias están al servicio de un despliegue de imaginación, lenguaje delicioso y profundidades en el terreno de lo amoroso y de lo religioso, cuando una máquina humanoide grita, en el momento de expirar, el nombre de Dios.

Merece ríos de tinta la glosa de esta obra bellísima, que es como un Quijote escrito por Philip K. Dick o un Blade Runner con guión de Cervantes.

Le dijo TB a Soler Serrano en 1976 (entrevista de TVE «A fondo») que el español de Valle Inclán era mejor y «más rico» que el suyo. Era muy modesto Torrente.

En Quizá nos lleve el viento al infinito he encontrado rarezas:

Crujías. Desconocía la palabra. Son largos corredores. Un préstamo del italiano corsias. Del latín cursus, carrera.

Giga. Nada que ver con el griego grande. Es un baile antiguo, acelerado por arte del violín. Origen francés y quizá del alto alemán.

«Me debrucé« en el volante: nunca habría visto usar el verbo debruzar por darse de bruces. Es más, lo desconocía. Busqué primero debrucir en vano y por poco tiro la toalla. Bruz viene de buz, labio, boca, que es arabismo.

Iconostasio. Es el tríptico mampara que separa el altar del resto de la Iglesia, con imágenes (εἰκών, eicón, imagen + ἵστημι, hístemi, estar de pie) pintadas. Es la única derivada del griego curiosa que he localizado en la novela.

Recrestarse. Escribe TB: «…no fuera del Diablo que Paul se me recrestase ante las patatas con perejil». En gallego existe el verbo recrestar, que es descansar. No sirve esta acepción aquí. Parece aludir más a cresta. ¿Se asomase? ¿Algún gallego en la sala que nos lo aclare?

Torrente Ballester me ha parecido un portento. Había leído hace muchos años Ifigenia, buena muestra de su vocación desmitificadora. He catado La saga/fuga de JB, que espero terminar pronto. Me siento muy emparentado con Torrente, he escrito libros torrentinos sin haber leído los libros de TB. Cuando publiqué Stradivarius Rex en 2009 hubo muchas reseñas. El novelista Daniel Ruiz García vio una novela «cervantina». Otros la compararon con la película Cómo ser John Malcovich, que yo no había visto. David Torres fue el más erudito y vio la coincidencia con El vagabundo de las estrellas de Jack London, también ignorada por mí. Pero la perfecta coincidencia entre Quizá el viento… y Stradivarius Rex en su personaje protagonista, con su condición de suplantador de vidas, y con el juego que este supuesto posibilita para la alegoría de la creación literaria o la reflexión sobre la identidad, nadie la pudo señalar. Prueba de que esta obra cumbre de la novela española, injusta y lamentablemente, fue poco leída y es mal recordada hoy.

La inteligencia de TB cuaja en frases con las que nos deleita con su comprensión del mundo. Les dejo con una pequeña colección.

Conviene recordar que las causas son incontables y los efectos verdaderamente pobres.

…esa manera de llevar en alto la nariz (los poderosos) que los confunde con algunos ilusos.

Los ingleses, gracias a Shakespeare, están purgados ya de la tragedia.

Nunca puede computarse la duración de un beso.

Ninguna inteligencia es inexplicable.

Miguel Dalmau, melómano y músico, me envía comprobante de la giga irlandesa: jig. Seguro que John Ford sabía bailarla.

Una última palabra quiero comentar: vilano.

El espía superhéroe que narra y protagoniza esta aventura, también llamado el Maestro de las huellas que se pierden en la niebla, acaba sus días en Mallorca, es decir, hace lo que Torrente hubiese querido hacer. Mira el mar, recuerda a su amada, y anhela ser llevado, hasta el infinito, junto a ella, en forma de vilano.

No milano. Desear volar en forma de pájaro es un tópico. Torrente es más sutil, escoge esa pelusa, esa cabeza como de anémona con filamentos suaves del cardo, que se esfuma con un golpe de viento.

He buscado el origen de vilano. El Diccionario de Autoridades, tomo IV (1794) nos aclara que milano «se llama también la flor del cardo seca, que vuela por el aire. .. Otros le llaman Vilano. Latín. Pappus.«

Es inevitable deducir que los etéreos pelos del cardo tomaron el nombre de la ligereza del plumón del ave, y que luego se independizaron de su referencia, milano, con un sencillo salto de consonante.

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El oro de Gándara

El oro de Alejandro Gándara está en la última novela recién publicada, Primer amor.

En cuanto supe del tema de esta novela, me sentí interesado. El autor se ha ocupado de la historia de amor de un muchacho.

En una entrevista, María Serrano le ha preguntado:

–A sus 65 años, ¿por qué le ha interesado retrotraerse a su primer amor?

Hace tres meses también yo publicaba una novela sobre un amor de juventud. No puedo negar que estuve pensando que quizás era un tanto osado, un tanto impúdico o ridículo, arriesgado o sospechoso, recrearse en el enamoramiento a cierta edad.

Me consuela que Alejandro Gándara tampoco haya tenido «respetos».

Mis personajes, Jorge y Daniela, tienen catorce. Andrés y Brígida, los de Gándara, tienen dieciocho. Luego pasan cuarenta años y siguen teniendo dieciocho. Pero también cincuenta y ocho, y una cuenta pendiente.

Mi novela, Una heroína intergaláctica, se demora en la infancia. Primer amor se centra en la atracción, el miedo, y el dolor de un amor consumado en la cima de la adolescencia.

En cuanto empecé a leerla, me deslumbró la voz del narrador. Sabia, poética, reflexiva. La tercera persona, omnisciente, puede volar muy alto en manos de un escritor de verdad como es Gándara si además se ocupa de un tema tan fecundo como el amor.

Magnífica primera escena, demorada, extensa, del paseo del enamorado por la Ciudad antigua, por muralla y cañones, en pos de su declaración de amor. Esa derrota contra la cobardía. Deslumbrante, más adelante, la voz de Cándida, otra enamorada sin fortuna.

Me he sumergido con turbación y embeleso en la historia de un hombre que convive toda su vida con la amargura del amor extraviado. Extraordinaria disección de la congoja. Qué patente queda, gracias a obras como esta, que toda vida se resume brutalmente en la experiencia profunda del amor.

Andrés es el preferido de don Severino, un cura que, en un momento importante, le regala un libro de los trágicos griegos.

A Andrés se le da bien el griego clásico. Todos lo ven un hombre bendecido para el mundo de la palabras.

Hacia el final, Andrés visita a su amigo de la infancia, Solórzano. En su dormitorio, sobre una repisa, hay una pareja de criselefantinas. Yo nunca me había tropezado con tal cosa.

El oro de Gándara viene con marfil. Para mí solo existía una cosa con derecho a ser llamada «criselefantina»: la Atenea del Partenón. De χρὐσος (oro) y ἒλεφας (elefante y por lo tanto marfil), se compone la palabra para designar estas figuras que tienen su origen en la época clásica, y que abundaban en formato reducido, no así la descomunal estatua de la patrona ateniense. Consultado Internet, descubro que criselefantinas se llaman unas figuras de oro/bronce y marfil propias del Art Decó de los años 20 y 30 del silgo XX. Se pagan a miles de euros en el mercado del coleccionista.

Celebro los guiños a los clásicos griegos («No olvides a tus griegos», dice don Seve, pág 181) que justifican esta entrada, junto a la revelación de esas figuras deliciosas de etimología abrumadora: elefante es marfil, cómo no. Una gigantesca metonimia.

De tantas páginas magistrales de Primer Amor, selecciono una al azar.

No pude concentrarme mucho, porque enseguida empecé a preguntarme si el dolor agudo, cuando no para y no hay esperanza de que se vaya, no acaba por convertirnos en cómicos, en cómicos a pesar de todo, cómicos inesperados, espontáneos. No me parece que esté relacionado con el humor y de hecho creo que es la ausencia absoluta de humor. El humor celebra algo de la vida, el cómico es un payaso triste, sin esperanza, herido de muerte.

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Aira no tiene «paradigma»

Leo El jardinero, el escritor y el fugitivo, de César Aira, y en la página 16 encuentro:

«Ese hombre había sido un parangón de alegría».

Salto en la butaca. ¿Un parangón de alegría? ¿Qué intenta decir el narrador? Parangón es semejanza o comparación, pero parece que lo que quiere decir el escritor en esta frase es modelo, ejemplo, paradigma. El personaje del que se habla en la primera novelita del volumen, El jardinero, era un tipo feliz y de un día para otro, «se había deprimido». Aira remata el largo párrafo sobre la tristeza de ese hombre y nos la contrapone a la alegría de la que siempre había hecho gala, de la que era representante, modelo, ejemplo…lo que queráis llamarlo. Pero… ¡parangón!

Llamé a Gabriel Bertotti, mi argentino de cabecera. ¿Es que es posible que en Argentina parangón signifique ejemplo? Me confirma que no.

Aira debió usar la palabra paradigma. Se equivocó. Pero como bien sabe el alma mater de los Premios Formentor, Basilio Baltasar, los errores de una edición (erratas, léxico o sintáxis u ortografía fallidos) son siempre culpa del editor, no del autor.

Random House debió de fiarse del dominio del diccionario del último Premio Formentor de las Letras.

Pero este blog está en deuda con ese error de César Aira, pues gracias a él nos detenemos en esa rimbombante palabra mál utilizada: parangón. ¿Qué etimología tiene?

MI intuición me dijo que es una deformación de paragón. Y paragón, quizá, aventuré, era el resultado de para + agón (παρὰ ἀγών), algo así como «con lucha, con combate». Era plausible, pues no tener parangón es lo mismo que no tener rival, competidor.

Sin embargo fui a consultarlo a otras fuentes y no, no era eso. Su origen es parakone (παρακόνη), piedra pómez, piedra de afilar, piedra de toque o el verbo παρακονάω, afilar, aguzar. Según este étimo, el sinónimo de parangón no es exacamente modelo, sino filtro, molde, patrón, prueba.

La infalible web etimologias.dechile nos cuenta que los alquimistas llamaban paragon a la piedra de toque en la que se rallan los metales preciosos para poder comparar su puerza. Así que profundizamos: parangón/paragón no era metro, sino el instrumento con el que medimos y comparamos.

Usamos la expresión «sin parangon», «no tiene parangón». La evolución sería: 1. «No hay paragón que pueda demostrar que este oro es falso». 2. «No hay paragón para este oro. 3. «Este oro no tiene paragón/parangón». 4. «La metedura de pata de Aira no tiene parangón».
No hay evolución lógica para llegar a: «el jardinero era un parangón de alegría».

Equipo de piedra de toque, para conocer la pureza de un material

Aira se atreve a convertir el parangón en el primer atributo (el jardinero era un parangón de alegría) de la historia del español. Qué va, es broma. Solamente se ha equivocado. No es Homero, e incluso Homero duerme de vez en cuando.

Leí esas páginas de Aira en un avión Mallorca-Sevilla, donde me encontré con el escritor Pablo Gonz, a quien le comenté mi sorpresa por el lapsus de Aira. No pudimos parar en todo el fin de semana de reírnos a costa del gazapo, pues empezamos a utilizar en cualquier contexto indebido la palabra corrompida por Aira. Fue divertido llamar parangón a cualquier cosa. Resultó un comodín muy afortunado. Yo creo que podría cuajar en el acerbo popular, como el candelabro de Sofía Mazagatos. Decir candelabro por candelero, es un lapsus similar al de decir parangón por paradigma.

Aunque en este blog intento acallar mi faceta bufona, no he podido evitar esto:

Y tampoco estaría mal que la fama de Aira, al alcanzar las cotas de la de Mazagatos gracias a su parangón, le sirviese para llegar a millones de lectores que podrán gozar su buena literatura.

El jardinero, por cierto, no es precisamente la mejor puerta para admirarla.

-¿He sido muy travieso con esta entrada del blog?

-¡Mira que eres parangón!

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La lengua de los dioses

Hace veinticinco años escribí un largo poema en prosa, pero lo envolví en un relato y lo publicó la editorial Calima como novela. Fue mi primera publicación.

Cuento detalles en un prólogo que he escrito para la segunda edición, que sale ahora en Sloper, en la colección Hápax, de libros únicos, distintos, porque hápax en griego significa una vez.

Cuelo esta efeméride aquí porque el poema, el discurso lírico, principal interés del libro, lo articula de manera desquiciada, en trance, un viejo profesor de lenguas clásicas, y está salpicado de latinismos. Aparte de un despliegue verbal para hablar del amor, la soledad y la muerte, el canto es una reivindicación del latín. Se describen algunas clases particulares, ¡y tan particulares!, de latín, y además el poeta recurre a esta lengua para apoyar su propio delirio, sin abusar, puntualmente.

Eso le da al texto un aroma de misterio y lo solemniza, lo conecta con lo divino, porque las lenguas antiguas nos devuelven la posibilidad de hablar con los dioses.

Dejo un fragmento del libro aquí, con alguna muestra de estos guiños al latín.

LAS INGLES CELESTES, fragmento

«Estoy muerto de frío y el sol no me acompaña en mi último invierno. Estoy acatarrado, igual que el primer día que besé a Silvestra. Cuando el virus del frío se apodera de mí, siempre siento el dolor de una flecha en el vientre, ese tajo de espada en el estómago, ese filo que sube extinguiendo el calor hasta mi boca. Se multiplica el hielo, casi ya no recuerdo el pequeño carámbano que las lenguas de fuego de Silvestra dejaron en mi pecho. Casi he sentido la quemazón de antaño al escribir las líneas anteriores, al hablar de la boca, del cuerpo de mi niña. He sentido el ligero bochorno de la felicidad, pero su brevedad me ha devuelto este frío insoportable. Un segundo he creído que podría eludir el aliento del lobo, sus colmillos de hielo, que una llama pequeña empezaba a expandirse en mis huesos porosos. La ilusión. No es lo último que se pierde la ilusión, eso es lo malo. Aun sin ilusión el cuerpo sigue en pie soportando un invierno tan largo como éste. Una salvación. Rocé en una fracción de segundo, unas líneas arriba, mi salvación. Casi me salva el aceite dulce que el pezón de Silvestra untaba en mis dedos. Ay, su fuego es inmortal, pero también mi frío. Una salus victis, nullam sperare salutem. Felicissima mortis imago. No espero ya ninguna salvación, ni siquiera la única que resta a los vencidos.


«No tengo ya edad para tener paciencia. Me amilana este sol huidizo. Y tal vez mi desgracia es que no tengo a nadie que me diga que nada es para siempre, nisiquiera este invierno. A nadie que me diga, aunque me engañe, que tarde o temprano vendrá la primavera. Facilis descensus Averno.


«Cada día despierto, y es como un zarpazo que me trae a la vida, cuando yo sé muy cierto que estoy incubando un bello féretro. Y lo sé porque extraigo, cada día, en la ducha, la larva de mi muerte. Es una pelotita alojada en mi ombligo, que es azul o amarilla, depende del pijama. Mi larva es de seda, suave, no duele, ni cuando la extirpo. Y es en ese letargo en que aún las legañas reclaman las vendas de mi momia, cuando sin entenderlo abro una llave, y mi muerte se va por el desagüe. Pero un día, del grifo, caerá un chuzo cristalino que se hundirá en mi viejo pie de nazareno y hará saltar mi sangre como astillas de pino. Iré a curarme al mar, pero será un lago blanco, impenetrable. Cuando por fin me engullan las sirenas ruidosas en la espuma caliente del estío, yo ya seré un cadáver de nieve, el trofeo siniestro que se cobra un alud en la montaña.

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Los percebes de Pedro Ugarte

En quinto curso de la carrera de Filología Clásica (1989), universidad de Valencia, el profesor de Lírica latina nos animaba a traducir la oda XI del tercer libro de odas de Horacio. Por allá aparecía un protervo marito, y el hombre, que hablaba siempre como si acabase de darle uso a una petaca escondida en la americana, se repente se vio impedido para ofrecernos la traducción de protervo. Simuló que la tenía en la punta de la lengua, pero nada, que no le salía. Lo vi tan apurado que lancé mi propuesta intuitivamente:

—¿Procaz? —pregunté.
—¡Eso mismo! —exclamó—. Otras cosas no las sabrás, pero esto sí —opinó.

Aquellos versos hablaban de una muchacha como una yegua que aún desconoce por su juventud los placeres del amor y teme el contacto del ardiente marido, en traducción de Germán Salinas:

quae velut latis equa trima campis
ludit exultim metuitque tangi,
nuptiarum expers et adhuc protervo
cruda marito.

Leía el otro día la novela Los cuerpos de las nadadoras, de Pedro Ugarte, cuando me encontré con este adjetivo por primera vez en mi vida de lector en lengua castellana. El narrador del libro, Jorge, hablaba de protervos sentimientos. Salté del asiento, maravillado. Iba hacia Bilbao desde Pamplona en autobús, al encuentro del escritor. Su novela, leída veintitrés años después de publicarse, me estaba encantando. La prosa de aquel Ugarte, no sé la actual, pero aquella de inicios de los 90, era espléndida, brillaba en forma y fondo. Acabo de terminar la novela y me lo he pasado bomba.5fba9ca3f433cd1eb382b114a66679fd180a2d7a

Qué bien, me dije, me ha dado una excusa para escribir sobre ella con esos protervos sentimientos. ¿Ardientes sentimientosrecurriendo a la acepción de Salinas? Sí, funciona. Protervus puede ser también violento, impetuoso, audaz, desvergonzado. El sesgo sexual de ardiente es sugerencia del contexto. El castellano de Ugarte es bien rico.

Por si no bastase el eco horaciano, hacia el final de la novela nos deleitamos con una charla de un matrimonio, en la cama. Julia tiene ganas. Jorge no. Jorge habla, habla con intención antiafrodisíaca. Es una escena muy graciosa. Julia le dice a su marido:

—Cuando tú tienes ganas hay que aguantarlo todo y cuando las tengo yo parece que no importa: tenemos que jugar a las etimologías.

Julia lo dice porque su marido, ante sus caricias, ha empezado a comentar el nombre científico del percebe: Pollicipes cornucopia, que reúne para el rico engendro los nombres latinos del pulgar del pie, del cuerno y de la abundancia. A Jorge lo que le pasa es que le empalaga el momento: suena Sinatra al fondo, han comido marisco y bebido champán. Demasiado romántico. Julia ha estado de premio intentando convencer a su hombre. En las películas de amor nunca comen percebes, ha dicho para hacerle ver que no están en ningún momento edulcorado.

Me ha gustado mucho el humor de Pedro Ugarte, de una sutileza inimitable. El humor de esta charla, con genial paradoja y absurdo.

—Escucha, Jorge, yo no he trabajado demasiado, pero conozco a gente, a muchísima gente.
—Estoy seguro de eso, gordo —contesté—. Tú siempre has manejado dinero. Si hubieras perdido el tiempo en trabajar nunca habrías podido conseguirlo.

Esta prosa artesana y vibrante de Ugarte me ha recordado a la de David Torres. Algunos de los capítulos funcionan en sí mismos como relatos redondos, magistrales, que no necesitan del resto del libro para existir, pero que hacen de este libro una obra de especial valor.

El libro nos cuenta la vida de Jorge, saltando de mujer en mujer. El nadador de Cheever transcurre de piscina en piscina, y esta novela de Ugarte transcurre de mujer en mujer. Es de una sinceridad loable, el personaje no teme caer en una mirada burlona o escéptica sobre el sexo femenino, a riesgo de merecerse tirones de oreja de las cazadoras de machistas de hoy, la mayoría de las cuales no habían nacido cuando Pedro escribía estas páginas. Y, curiosamente, aparece alguna situación en que el mismo Jorge adivina el disgusto del colectivo feminista, aludido según la realidad de hace veinte años: «grupúsculos feministas», constatando que hubo un tiempo en que el feminismo de piel fina era algo friqui y marginal.

Me ha encantado la inteligencia, la sabiduría, el ingenio de Pedro Ugarte. Su humor y su ternura. Iré a por más.IMG_7338

En Bilbao he tenido el honor de encontrarme con él, de entrar en su despacho y de obtener dedicatorias en tres de sus libros (Los cuerpos..., Lecturas pendientes y La isla de Komodo). Le hice una foto junto al psicólogo y escritor Ernesto Maruri, otro amante de las etimologías.

Lo olvidaba. Pedro es uno de los autores que entrevisté para mi breve ensayo incluido en La mala puta. requiem por la literatura española, de 2014. Su historia de joven finalista del premio Herralde me interesaba. Los cuerpos de las nadadoras es estupendo. Una gozada.

 

 

 

 

Follar era otra cosa

1540-1.jpgRamón Buenaventura es el autor de la última traducción de «Meaulnes el grande», del francés Alain-Fournier (Alianza, 2018), un clásico de la novela de iniciación o aprendizaje, una joya, la única, que el autor nos dejó antes de morir con 28 años en la Gran Guerra.

En una de sus primeras páginas uno se topa con la expresión «follar la fragua». Primero me sobresalté por la sorpresa de leer palabra tan malsonante, pero enseguida recordé su etimología y mi única duda fue: a pesar de que es correcto, ¿alguien usa aún esta palabra en su acepción original?

Me divirtió esto, recordar que la palabra que tan vulgar nos parece en realidad nació como eufemismo, fue metáfora un día: era más exacto, para la acción de la que hablamos, utilizar «copular», «fornicar» (que también es metáfora)… Parece que desde el inicio de los tiempos, aparte de «hacer el amor» o «hacer el sexo», siempre nos hemos referido al acto sexual con metáforas: «yacer», «conocer» (en el Antiguo Testamento «conocer» varón o mujer es tener «conocimiento carnal»). Lo divertido, en fin, es recordar que una palabra tan vulgar, la expresión más cruda, grosera y desnuda que tenemos para referirnos a «hacer el amor», es una ingeniosa metáfora, un eufemismo.

He querido escribir este post con la ingenua pretensión de devolverle a la expresión española más vulgar posible, la del verbo follar, un halo de delicadeza, de poesía o ingenio verbal. Follar es usar el fuelle, es meter aire plegando un instrumento. Esta expresión ¿es machista entonces?: el follar y sacar aire a presión por el fuelle, instrumento con punta, como el pene, cosa que aviva la fragua y hace saltar chispas, es un acto exclusivo del varón. La mujer, en rigor, no folla. La mujer es el fuego que el fuelle hacer crecer; es la fragua que alberga ese fuego. En rigor, las mujeres hacen el amor, hacen el sexo, yacen, trotan, etc. pero no «follan» en el sentido etimológico del término. Son sujetos pasivos del acto de follar. Siguiendo con metáforas, la mujer podría «ordeñar», pero también el hombre. En mallorquín tenemos una palabra que se lleva la palma del machismo violento, invasivo, agresivo: barrinar. daenerys-hot-scene-kp5--510x287@abc.jpg

Uno quisiera que la palabra follar dejara de sonar tan mal, que nos sedujese su intención olvidada de ser metáfora y velo. Follar es juntar las asas y plegar las branquias de acordeón del fuelle, avivar llamas, encender. No es fácil apreciar una palabra, sin embargo, que es patrimonio del varón y relega el papel femenino en el acto.

No es menospreciar a la mujer decir que nunca ha follado y nunca follará, decir que sólo puede ser follada. Al contrario, decirlo es decir que sólo ella puede ser soplada, sacudida por un viento y con ello encendida, fuego salvaje. Es decir que sólo ella puede conocer el placer, el éxtasis, el orgasmo, consumar el acto sexual y consumirse. Así, follar sí es un eufemismo.

Hay otra posible interpretación de la adopción del papel del fuelle como metáfora del acto sexual, una explicación acústica. A las prostitutas en la antigua Grecia se las llamaba, además de pornai (πορναι), jamaitipai  (χαμαιτυπαι), porque «sacuden el suelo». El acto de usar el fuelle, o sea follar, puede que produzca un ruido de golpete rítmico o sonido de pieles chocando (el acordeón) muy parecido al de las ráfagas de la cópula. Esta interpretación es menos poética y tira por tierra la tesis anterior. Follar, ahora, ya no solo es cosa de hombres. Así, follar no es tan eufemismo.

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