Los inefables

Stefan Zweig, en El mundo de ayer, lanza una defensa apasionada del derecho de las mujeres a salir de su casa liberadas de esa vestimenta victoriana, obligada en toda Europa en las clases acomodadas, consistente en capas y capas de cebolla. La madre de Zweig, cualquier mujer decente, estaba condenada a torturar su cuerpo con telas sobre telas, corsés, cuellos altos, enaguas, faldas, mil trapos diseñados para conseguir una silueta concreta, uniformada: mucho pecho, mucho culo, y nada de piernas. No se trataba de ocultar la piel o la carne y ya. Los hombros, los brazos y el canalillo se ponían en escaparates. Pero ¡las piernas! Convenía hacer ver que los hombres tenían, pero las mujeres no. Siglo XIX.1900.jpg
Las chicas de principios del XX, pues, soñaban con llevar pantalones en lugar de enaguas y faldas, en lugar de andar de cintura para abajo incrustadas en una especie de armario de castidad. A los pantalones los llamaban, en aquel tiempo, los inefables: los que no se podían nombrar. Con ese sobrenombre daban a los pantalones la categoría de Dios, el gran Inefable.
En latín existe inefabilitas, la incapacidad de ser nombrado. No existe el adjetivo inefable (¿inefabilis?). El verbo effor es decir. La correspondiente raíz griega para decir es fa, o fe: φημί, y la conservamos en énfasis, fático, afasia..

Eso de los inefables pantalones era hace 100 años, casi ayer. En este tiempo hemos recorrido mucho. Las mujeres se han puesto pantalones, largos y cortos. Hemos aceptado que tienen piernas. Pero siempre seguiremos creyendo en la inefabilidad e imposibilidad de alcanzar lo secreto. Siempre echaremos de menos a las sirenas. Los inefables puede que fueran los pantalones. Las verdaderas inefables eran las piernas que esa prenda prohibida tenía que acoger.

 

 

 

 

La letra con sangre quizá no entra

 

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Eduardo de la Fuente

Eduardo de la Fuente ha publicado dos novelas con poco espacio de tiempo entre una y otra. La primera era romántica, Ana y el hermano del enterrador. La segunda se ocupa de Nicolás, un psicópata, asesino en serie, El leñador bajo el cielo púrpura.
Fui a la presentación de esta novela el pasado 31 de enero en la librería Agapea de Palma. El escritor estuvo estupendo. Es un gran comunicador. Lo han invitado a menudo a presentar eventos. Habla con pausa y vocaliza bien, y le acompaña una voz de timbre agradable. Nos introdujo en su novela explicando su vieja curiosidad por el tema de los asesinos en serie, y dijo en un momento que no entendía por qué los psicópatas tenían que concentrarse en EEUU, como los ovnis. ¿Qué les han hecho en Albacete a los marcianos que nunca se dejan ver por ahí?, dijo mutatis mutandis.

O sea: nos estaba anunciando que con esta novela del leñador, Mallorca ha sido agraciada con un asesino sádico. Eduardo se ha ganado un lugar en este blog porque habló en un momento de la hibristofilia, y ya sabéis que Las raíces abiertas existe para cazar etimologías.

A ver, yo nunca había oído hablar de la hibristofilia, que es la pasión que sienten algunas personas por los asesinos, por los monstruos. Sí era obvia la raíz griega, ὕβρις, soberbia, insolencia, ultraje, violencia… el gran pecado que los dioses castigan duro. El soberbio, el insolente, está cerca del violento. Por algo se empieza. Violento en griego es ὑβριστής. En griego moderno es entre otras cosas abusador.

Alguien creó el neologismo hibristofilia para nombrar esa admiración terrible por las personas malvadas, brutales, asesinas. Para poder darle nombre, y así sentir acaso menos pavor, a la locura que padecían los fans de Charles Manson o Bonnie y Clyde.

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Bonnie y Clyde

Hasta aquí el comentario etimológico. ¿Y la novela de Eduardo de la Fuente?
En la portada se avisa de que puede herir la sensibilidad del lector. Y así es y así debe ser. Si no te sientes herido en las primeras diez páginas es que eres un poco raro.

No quiero confesar qué opino del libro, cuando he leído una cuarta parte. Os voy a ocultar si lo recomendaría con fervor o lo quemaría en una pira pública. Pero sí quiero hacer una reflexión. El cine nos ha contado mil veces historias parecidas y nos las hemos tragado, casi siempre, sin demasiados traumas. La literatura, que no ofrece imágenes visuales concretas, explícitas, sino palabras, es capaz de herirnos mil veces más. Las palabras entran en la crueldad de la violencia mucho más que las cámaras. En muy poco tiempo una frase nos puede dejar asqueados con mucha más eficacia que muchos minutos de celuloide y banda sonora. Nos puede afectar más que nos cuenten algo que ver con nuestros propios ojos cómo sucede.

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Vellocino de sangre

Nadia+del+Pozo-+tocados+Diciembre+1286.JPGNadia del Pozo ha titulado Vientre a su primer libro, un fotolibro. Es el libro más hermoso que he tenido jamás en mis manos. Hecho a mano, un libro de artista con tirada de 300 ejemplares, editado en Ciudad de México, con cubiertas de tela impresa con los dibujos que la sangre deja en la parte interior de una piel de cabra, y una textura que reproduce la rugosidad de los restos de vello. En su interior se alterna el papel vegetal, el de estraza, el convencional blanco, las tripas más animales de la historia del libro.

Nadia ha seleccionado 48 imágenes de entre miles, y un relato, para mostrar la punta del iceberg de una experiencia impactante. Durante años ha visitado una región remota de México y ha convivido con pastores de cabras, se ha empapado de la sangre de las matanzas, ha buscado la respuesta a una tensión vital, la llamada de la naturaleza, el origen de la vida.

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Yo que sueño con volver al útero materno, entiendo esa búsqueda de Nadia. Yo que tengo recuerdos de mi etapa fetal, sé que hubo un tiempo en que poco me distinguí del feto de un cabrito. Jasón y los Argonautas fueron a los confines de su mundo a buscar el vellocino de oro, y Nadia ha ido a los confines de nuestro mundo a buscar el vellocino de sangre. Pero también ha ido a los confines del tiempo, pues ha encontrado un modo de vida antiguo, residual y cercano a su desaparición.

Desde que he tenido ante mí el libro Vientre no puedo quitármelo de la cabeza. Tengo mono: quiero volver a ver esas imágenes de belleza inquietante que son más que imágenes, son mágicos facsímiles de animales amados y deglutidos, de su plateado secreto, de la proyección de sus estertores. Nadia, con esa apariencia de cuerpo delicado y frágil, esa voz suave y ese cabello brillante e indefenso, resulta ser una persona sin miedo al embate de los elementos en la búsqueda de respuestas fundamentales. Una exploradora dura, brutal, animal y espiritual y nada angelical.

Nadia es especial y no porque lleve un sombrero raro y elegante, sino porque hace cosas que casi nadie hace. Y nos deja asomarnos a ello a través de una pieza artística que nos propina un hachazo y nos parte en dos. Nos remueve sin compasión: no un poco, no, nos deja listos para echarnos en una olla y condimentar un guiso. El tópico es que hay obras que o no te dicen nada o te dicen mucho, demasiado. Con Vientre eso no es una opción. Con Vientre de Nadia del Pozo te quedas KO.