La virtud de Enrique Murillo

Personaje secundario. La oscura trastienda de la edición. Enrique Murillo. Trama, 2025. 540 páginas.

La excusa clasicista: En Personaje secundario se comenta que la agente Carmen Balcells «colocó» en cierta ocasión a la editorial P&J nada menos que una colección de libros y hasta el título, Areté. Balcells «le vendió (a alguien de la empresa) el paquete de la idea, diseño, formato y tres docenas de autores por anticipos altísimos para sus escasas ventas”. Escribe Enrique Murillo: «Areté, según balcells, significaba excelencia, una palabrita de las que en las escuelas de negocios se habla cada dos por tres, incluso ahora». La acepción más común de ἀρετή (arete), la de Virtud, no les interesaba a la vendedora del proyecto ni al comprador, cuyo objetivo era borrar del universo mundo una colección que había empezado Murillo, Ave Fénix Serie mayor (para distinguirla de la Ave Fénix a secas, que era de bolsillo).

Ha sido a la vez gozoso y doloroso leer este libro. Doloroso porque lo he leído con la muñeca derecha escayolada y la izquierda con esguince (caída de bicicleta dos semanas atrás). La derecha aguantaba, protegida por la escayola, pero la izquierda, a medida que avanzaba la lectura y me acercaba a las 500 páginas, iba acusando crecientes dolores. Inevitable. No podía dejarlo porque leerlo sobre todo era gozoso.

El libro de Enrique Murillo constituye una historia de la industria editorial y de la novela española desde los 50 hasta la actualidad, y para quienes llevamos desde los 80 merodeando ese mundo como lectores, autores o editores, resulta ser un viaje revelador, nostálgico, emocionante. 

Como Zelig, el ubicuo personaje creado en 1983 por Woody Allen, Enrique Murillo ha estado cerca (pero invisibilizado) de incontables acontecimientos literarios gracias a su peregrinaje por varias editoriales. Su perfil de editor es ejemplar. Curtido lector, empezó traduciendo del inglés y leyendo para Herralde (Anagrama), y haciendo informes, y asesorando en lacónicos improvisados encuentros de despacho, a veces. Pero también era un escritor, algo fundamental. Es decir, creador con un criterio claro del camino que debía seguir la novela española en los 80, la generación que tomara el testigo de la de Cela y Delibes. El que debía seguir él mismo y el que debía fomentar un editor en España en los tiempos en que Tusquets y Anagrama intentaban corregir la deriva de Destino, el sello de referencia hasta entonces.

Pero pronto se vio convertido en hombre para todo, y lo voy a resumir en una palabra: negociador. Fue el encargado de lidiar con la prensa en Anagrama, para limar un error de Herralde, y se ha pasado luego la vida negociando con todos: autores, agentes, editores, periodistas, ejecutivos “compañeros”… Me ha parecido clara la gran virtud de Murillo: el don de gentes. Su perfil codiciado en el mundo editorial se sostuvo gracias a esto, a su agenda y a su dominio del inglés.

Boyd Crowder, personaje de Justified

Este negociador ha tenido una retórica eficaz. Me ha recordado a Boyd Crowder, el forajido de la serie Justified (FX, 2010). Crowder salva el cuello continuamente gracias a su pico de oro cuando un revólver le apunta a un palmo de la sien. En alguna reunión de trabajo en Plaza & Janés y Planeta, Murillo sale ileso o triunfante gracias a su verbo templado, además de su conocimiento del paño. “Frío como el acero”, se confiesa hacia el final del libro.

Para mí ha sido fascinante recorrer la vida de Enrique e ir enlazándola con la mía propia, porque nos separan veintidos años, pero nos une la vivencia en torno a unos mismos libros. Yo tenía 32 años cuando Felipe Hernández me habló en 1998 del que había sido su editor en Anagrama en 1989 (Murillo). No tenía ni treinta cuando reseñé en 1993 para el suplemento Arxipèlag del diario El Día (encargo de Basilio Baltasar) el Don Juan de Anson, que Murillo había llevado a las librerías. Antes que Enrique, creo, entrevisté a Pinilla en 2005 en Getxto y, cómo él, quedé impresionado por el escritor vasco.

Enrique Murillo nos recuerda las aventuras de sellos y colecciones que miles de letraheridos seguimos desde las mesas de las librerías durante décadas. Será por casualidad, pero el hecho es que Enrique puede contarnos desde una posición privilegiada un relato por el que circulan Javier Marías, Pérez Reverte, Kennedy Toole, Pombo, Amis, Easton Ellis, Marsé, Fernández Cubas, Wolfe, Terenci Moix, Adelaida García Morales, Tolkien, Rushdie, Le Carré, Ruiz Zafón, el hoy emérito Juan Carlos (vía JL de Vilallonga), Franzen, Julian Assange, Perezagua… una lista imponente, interminable.

Son muchos los datos sabrosos, dan para un extenso resumen, pero escribo con la derecha escayolada, así que seguiré con una especie de lista para recoger las ideas que más me han llamado la atención.

  1. Murillo acuña “narradores en el sentido pinillesco de la expresión”. María Bengoa, viuda y principal reivindicadora de un reconocimiento (no creo que de crítica, pero quizá sí de público) de Ramiro Pinilla, debería celebrar este párrafo. Porque propone nada menos que la etiqueta de pinillesca, recurriendo a un apellido completamente ausente de la crítica literaria desde los 70 al siglo XXI, para un modo de entender la novela que, al fin y al cabo, ni inventó nuestro querido Ramiro ni pudo ramiro popularizar. Es más justo hablar de un sentido murillesco de la expresión, pero los fanáticos de Pinilla no debemos protestar.
  2. Anagrama construyó su catálogo (cuando Murillo no pudo evitarlo) atendiendo a los apellidos de los autores o a la presunción de «estar a la última», por encima de criterios literarios. 
  3. La calidad humana de Javier Marías, probada en hechos como la carta que le escribe a Murillo comentándole el borrador de una novela de este último.
  4. La falsedad de la idea instalada de que ningún editor se interesó en EEUU por La conjura de los necios.
  5. “Realismo sucio” es una etiqueta poco acertada para Dirty realism. Mejor salvaje o turbio.
  6. La eterna presencia/supervivencia de Pere Gimferrer en Seix Barral, a pesar de desastres tan sonados como dejar escapar a Kundera.
  7. El aviso de Javier Pradera a Murillo en la redacción del País: “Este periódico detesta la cultura”. Una pincelada dentro del fresco que pinta Murillo, en el que periodistas que no te consideran de su gremio te ningunean. Por ejemplo, la prensa deportiva ignoró un potencial best seller sobre el Barça.
  8. Celebro el rechazo de Murillo de esa literatura que sí “se siente acosada por los fantasmas de la originalidad y la innovación continua”.
  9. La descripción de la prosa de García Sánchez: “pleonásmica, atiborrada hasta lo informe, reiterativa, continuamente desviada en incontables excursos”. Tuve que reseñar para El Cultural una vez una obra suya, K2, y no recuerdo tortura lectora comparable. El texto debió de quedarme algo duro, pues fue suavizado sin mi conocimiento en esa redacción. 
  10. El infierno de trabajar en multinacionales (Bertelsman, Planeta). Murillo: “iba a entrar en una organización para la que solo podía prepararme el haber leído tanta novela negra”. Lo que antes he escrito sobre Justified, basada en la obra de Elmore Leonard. Murillo habla de escenas donde se ven “volar cuchillos lanzados por caballeros trajeados”, “robar dinero a raudales”.
  11. La evidencia de que macroempresas editoriales, las que más dinero mueven, más empleados sostienen, las en teoría por tanto “más profesionales”, son las menos preocupadas por hacer bien las cosas.
  12. En mi ingenuidad, reconozco que me sigue escandalizando el dato de que existan empresas con pérdidas y deudas millonarias –como la Plaza & Janés («llevaba más de cinco años perdiendo dos mil millones de pesetas anuales») o la Alfaguara que recibieron a Murillo– y que no pase nada, que el monstruo siga andando. Un comportamiento que uno solo creía propio de partidos políticos, que reparten irresponsablemente prebendas a sus militantes cada vez que tocan poder.
  13.  En la misma línea, el irresponsable regalo de un reloj de oro en tiempo de vacas flacas a Saramago por decisión de una editora en un acto de pleitesía que no deja tampoco en muy buen lugar a Saramago, si lo aceptó. Y uno se pregunta, además: ¿qué clase de literatura puede ofrecer un escritor divinizado?
  14. Lo cerca que estuvo Enrique Murillo de recibir un uppercut asesino del autor de American Psycho
  15. La jugada maestra de publicar, con funambulismos financieros, El Rey y La Reina, los libros más vendidos en la historia de P&J.
  16. Las estrategias publicitarias. Cuándo vender exclusivas o publicación de extractos de adelanto de lanzamientos en prensa, cuándo regalarlas.
  17. La historia de Juan Guillermo López, asesinado en México.
  18. El admirable contorsionismo de Murillo para evitar ser director editorial de Planeta y poder disfrutar de su casa en la ladera del Montseny.
  19. La fina ironía sobre gente nacida y vivida en Sarrià y veraneada en Cadaqués, “no como otros”. Gente que pocos méritos más necesita para llegar a dirigir una editorial o ver publicado un libro propio (esto lo aventuro yo).
  20. ¿Hay que publicar, se venderá este libro? Es una pregunta que nadie jamás puede contestar con seguridad. La única respuesta sensata es siempre la misma: y yo qué sé.
  21. Los errores narrativos que contiene la última y celebradísima obra de Delibes, El hereje.
  22. La sobrehumana capacidad de trabajo que demostró tener EM durante tantos años.
  23. La negritud que parece esperar a la industria del libro en general y a la salud de la literatura de calidad en particular, cuando las grandes empresas que copan las librerías en realidad sobreviven gracias a otros negocios (si lo he entendido bien).

    Y aquí dejo de aumentar la lista.

No puedo concluir este texto sin remarcar la labor y aportación, la inspiración de Murillo. Su labor como editor político en el sentido de cívico: publicar ensayo combativo por responsabilidad, publicar libros-acontecimiento por necesidad, publicar novela y descubrir autores por el verdadero placer de palpar el talento.

Gracias por tu vida, Enrique. Por lo tanto, muchas gracias, Fe.

Ah, y ya he encargado a mi proveedor todos los libros del Enrique Murillo narrador.

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Los que se quedan con «el hueso»

Película. Cinco chicos, en un internado en 1970, se tienen que quedar en el colegio solos, al cargo de un profesor de historia antigua, con la cocinera a su servicio, durante las navidades. A los pocos días solo queda en el colegio uno de ellos y se crea una provisional familia de tres.

Paul Hauham (un Paul Giamatti adorable y estrábico) es un hueso, un borde, un amargado inflexible que antepone la honesta justicia del suspenso merecido a cualquier presión de su director, que le implora el aprobado para un hijo de un mecenas del colegio. En la primera escena ya nos queda claro el perfil de este profesor antipático, héroe de la integridad y con valores en vías de extinción, como la cultura humanista que imparte y que vive.

¡Otro profesor de humanidades odiado por los alumnos, como el Crocker-Harris de La versión de browning! Sí, pero también ¡Otra gran película gracias a estos personajes que, al final, son un verdadero encanto!

Paul Haunhm (Paul Giammati) en The holdovers (Los que se quedan) de Aexander Payne (2023)

El primer año que di griego en un instituto creía que la asignatura era el diamante del curriculum, la más importante y en la que el alumno tenía que demostrar su mayor brillo. Por eso no me encajaba, me perturbaba poner un 8 en griego a alumnos que suspendían varias asignaturas.

Ahora empezaré mi último curso como profesor. Ya hace muchos años que, para ser feliz, he tenido que asimilar que el griego es una «maría», un trámite, una espiga más en el manojo de obstáculos que el estudiante tiene que saltar por obligación, no por amor. ¿Qué actitud deben tener los profesores de clásicas hoy por hoy? Quizá en el siglo XX los profesores de latín, griego, historia antigua… estaban a la defensiva, pataleaban ante la amenaza de su extinción. En el siglo XXI, cuando aún existimos, podemos dedicarnos a vegetar sin tantos humos.

La historia es del escritor y guionista David Hemingson. No sale de una obra literaria, como en el caso de La versión de Browning, basada en la pieza teatral de Rattigan. Es excelente.

Podía caernos mal el profesor que hace alarde de tanta integridad y suelta citas en latín a cualquier parroquiano. Pero cómo no amarlo cuando le espeta al final de la cinta a su jefe:

–Siempre he pensado que eres un cáncer de pene con forma humana.

Albert Finney en La versión de Browning de 1994, de Mike Figgis

Una lectura escandalosa

Entré en una pequeña librería en Ibiza y busqué una novela en los estantes. Me decidí por un libro con cuatro relatos largos, mordido el anzuelo de la contraportada: «estos caprichos o disparates…»

Es la última publicación de J. A. González Sainz, Por así decirlo. Fue un descubrimiento, un festín de juegos verbales, feliz imaginación, tramas locas, humor y originalidad, con aroma kafkiano. En los momentos más absurdos, pensé en Vicente Marco Aguilar y su estupendo El desorden de los números cardinales.

Un personaje del primer relato dice: «me parece escandaloso, una trampa». Después el narrador comenta: «Escándalo –luego lo miré en el diccionario– viene del griego skándalon, que quiere decir efectivamente trampa.»

J. A. González Sainz

Curioso. Antes de que los padres de la Iglesia matizaran escándalo como algo que ofende por su cercanía con el mal, en latín escandalum significaba escollo. Un escollo es trampa para barcos, los detiene, los echa a perder, como hace el escándalo con los fieles. Además, un escollo es algo que hay que sortear, evitar. Como el escándalo cuando se ve venir.

O no se ve venir, porque es propio del escándalo, del escollo, estar escondido. Si no, mala trampa sería. La trampa provoca sorpresa una vez revelada, lo mismo que lo que nos escandaliza. La trampa en el camino y un hecho escandaloso provocan el mismo efecto: nuestro disgusto, desazón, vacilación…

Nuestro mundo no es fácil de escandalizar, pero ¿es porque es un mundo libre de trampas? ¿Es que es un mundo que nos ha enseñado a neutralizarlas? ¿O, más bien, nos ha preparado para que los escándalos no nos escandalicen, las trampas no nos dañen?

Yo echo de menos una sociedad escandalizable. Todo el mundo tiene un estómago de cemento. Y a la vez, mucha gente tiene la piel muy fina. Más bien echo de menos mis ganas de escandalizar. Da miedo escandalizar. El símbolo del escándalo es el rasgado de vestiduras. El problema de hoy es la tentación de escandalizar en público, gracias al fácil recurso de las redes sociales. Y la consiguiente posibilidad del linchamiento si ese público no esquiva el escollo deportivamente.

Buenísimo el libro de González Sainz, con sus reflexiones en bucle que cuajan en hallazgos. Dice en un momento: «¿Las palabras serían así entonces las cosquillas de las cosas?». Para degustar estas gotas de oro, conviene sumergirse en la lectura sorprendente y nada ofensiva, repleta de escollos que es un gozo trepar, de Por así decirlo.

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Nuccio Ordine, la anécdota

Hace un par de años un amigo, J. M. Barquero, me comentó que había asistido en Palma a una conferencia multitudinaria impartida por un tal Nuccio Ordine, humanista italiano por lo visto muy famoso. No mucho después le concedieron a Ordine el Premio Princesa de Asturias, que no pudo recoger en persona porque se murió inesperadamente a los 64 años. Fue un derrame cerebral, se dice, pero no descartemos que lo quitara de en medio alguna conspiración internacional, y es que Ordine proponía otra manera de estar en el mundo, más lenta, más «destecnologizada».

Nucio Ordine. Foto De Alba Vigaray

La anécdota es que una profesora de español en Bérgamo, Desi Baute, el Día del Libro de 2023, de paso por Palma, se acercó a la mesa de la editorial Sloper en la calle San Miguel. Se interesó por mi novela Una heroína intergaláctica, y en posteriores conversaciones me contó que había sido profesora de español de Ordine. Me pasó enlace a la famosa charla de Ordine con estudiantes en Madrid, que merecidamente tiene más de 12 millones de reproducciones.

Se comprende el éxito de este divulgador de las humanidades. Tiene carisma y pasión. Es escucharlo y salir corriendo a comprar Orlando furioso, pero luego en la librería no encuentras ninguna edición apetitosa. Me sorprendió Ordine cuando explicó la importancia de seguir enseñando griego clásico en el bachillerato. Expuso un argumento de puro sentido común que me hizo ruborizar porque nunca se me había ocurrido. Yo siempre aduzco, cuando me veo obligado a defender las lenguas clásicas, razones más egoístas: el estudiante que se enfrenta al latín y al griego obtendrá un beneficio personal, adquirirá unos recursos útiles (ah, la utilidad de lo inútil que decía Ordine) para su vida. Pero Ordine apela a una responsabilidad con el futuro: si dejamos de transmitir el conocimiento del griego clásico, nos exponemos a que llegue un día en que sobre la Tierra nadie sepa leer un legado, incluso leer cualquier nuevo descubrimiento de materiales que contengan esa lengua.

Hace unos meses leí ese librito en que Ordine habla con George Steiner (George Steiner, el huésped incómodo). Es leerlo y salir corriendo a comprar El lapsus freudiano de Sebastiano Timpanaro, autor que inspiró al personaje de la novela de Steiner Pruebas, aunque sea en una librería on-line de segunda mano. En este libro Ordine recuerda que la palabra italiana senno significa sensatez, el seny de nuestro mallorquín. Y en cierto momento utiliza el adjetivo ecdótico. Novedad para mí. ¿Qué es ecdótico? Lo anecdótico lo tenemos dominado, pero ¿qué es lo opuesto a lo anecdótico, lo positivo de esa carencia que supone lo anecdótico?

Ecdótico es el adjetivo de la ecdótica, que es la disciplina que se ocupa de la edición de textos. Llevo casi treinta años haciendo de editor y más dando clases de griego y nunca se me había ocurrido mirar cómo es en griego edición: ἔκδοσις, dice la RAE. Pero en griego básico significa entrega, rendición. Es fácil apropiarse de este vocablo y presumir que en el gesto de editar un libro o un texto hay dádiva y sumisión.

¿Y qué tiene que ver con eso lo que comúnmente llamamos anecdótico, que entendemos como banal, secundario, superficial y distraído? En un trabajo de Pilar Tejero Alfageme para el Diccionario español de términos literarios internacionales, del CSIC, leemos que la palabra griega ἀνέκδοτος (anécdotos), en plural anécdota, es usada por Cicerón para referirse a escritos aún no publicados. O sea inéditos. ¿Cómo pasa a significar, la palabra anécdota, breve relato entretenido?

Tejero lo explica. Se utiliza por primera vez con este valor en 1654 por Jean Louis de Balzac (Anecdote) y ya Voltaire titula Anecdotes sur Fréron (1761) una colección de historias curiosas o, literalmente, «no contadas, o no publicadas antes». Antes de estas fechas a este tipo de relatos de los llama Apotegmas (ἀπόφθεγμα , apófzegma, es máxima u opinión) o Chría (de raíz χρή, jre, ser necesario o útil), pues eran dichos breves y útiles sobre un personaje.

Es evidente, pues, que en la naturaleza de la anécdota se junta la condición de «no editada» y la condición de relato entretenido, breve, antes inserto en géneros mayores como el simposíaco o las enciclopedias, y ahora fijado por primera vez, ya no inédito paradójicamente, cuando con la ilustración muchas historias transmitidas solo oralmente pasan a impresas.

Un último apunte sobre el carismático Nuccio Ordine. Cuando habla o escribe sobre la necesidad de que los profesores sean tan perfectos y apasionados que cambien la vida de sus alumnos… ¿En serio? Imagínense qué espanto. A las 8:00 h. te cambia la vida el profesor de Sociales. A las 9:00 h. te la cambia la profesora de inglés. A las 10:00 h. el de latín. A las 11:00 h. el de… En fin. Pobres chicos. Bendita mediocridad, bendito perfil bajo el de la clase docente. Es justo y necesario.

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Unamuno, dibujante de cómic

Cuando estudiaba 2º de BUP, tuvimos un profesor de literatura española del que guardo muy grato recuerdo. Se llamaba Biel Juan Galmés. De las varias iniciativas acertadas que tuvo, me parece especialmente ambiciosa la de leernos, de cabo a rabo, sentado en su mesa y a lo largo de varios días, la novela Abel Sánchez de Unamuno. Gracias a esa experiencia, que me resultó fascinante, me he animado a menudo a leerles a mis alumnos durante muchos minutos textos que he creído hipnóticos. Abel Sánchez, la historia de un hombre enamorado de la novia de su hermano, lo fue para mí.

Portada de la primera edición del libro.

A finales del pasado septiembre visité la casa museo de Unamuno en Salamanca, en el Rectorado de la universidad. Allí en una vitrina se hallaba el dibujo de la foto que encabeza este escrito. La palabra φθόνος (fzonos), celos, envidia, manuscrita de Unamuno, bajo un dibujo de estilo sorprendentemente contemporáneo, una cabeza de un personaje como de cómic, con expresión herida y una melena que no acabamos de casar con 1917, año de la publicación. Es sabido que a Unamuno no se le daba nada mal la pintura ni el dibujo, y debió de querer ilustrar de su mano la portada de su novela (vemos una versión a color con las dos manos apretándose las sienes; en el borrador del dibujo está escrito «poner las manos»). El hombre con las manos manchadas de sangre puede ser el celoso que acaba en asesino. Siento el destripe, pero lo mejor de la obra, que yo recuerde, es la maestría al retratar el envenenamiento de un alma envidiosa. ¿Qué hace esa T en su frente? ¿Qué signos son esos de la esquina superior derecha? ¿De qué lengua son? Vemos la firma del autor en la inferior, el anagrama de la U dentro de la M.

Sobre la T en la frente: esta letra, latina o griega, pues coinciden, tiene el valor de la omega, es decir, el final, que es Dios (aparte de que su figura se asemeja a una cruz). ¿Y eso? Porque la «t» del hebreo, llamada «tav», es la última letra de su alfabeto. En el Libro de Ezequiel encontramos: “Recorre toda la ciudad de Jerusalén y marca con una T la frente de los hombres que gimen y se lamentan por todas las abominaciones que se cometen en medio de ella” (Ez 9,4). Interesante que el hombre abominable ostente la T que debe protegerlo de sus crímenes.

En griego clásico la envidia también es ζῆλος (dselos), etimología de nuestra palabra celos. En la inglesa jealousy, la fonética de esa «j» imita con más fidelidad el sonido de la «ζ», dseta. El ζῆλος puede significar ambición, competitividad, es decir, ¿quizá envida de la sana?, y por eso el verbo griego con esta raíz también puede entenderse por emular.

¿Qué grandes celosos y celosas nos ha dado la historia de la literatura? La historia de la humanidad, por desgracia, demasiados, al menos uno por cada guerra. En literatura Caín es el pionero. Agamenón envidia el botín de Aquiles. Otelo. Pózdnyshev, en la Sonata a Kreutzer de Tolstoi. Juan Pablo Castel, en El túnel de Sábato. Hay celos en El gran Meaulnes, de Fournier, en La llave de Tanizaki, en La regenta

Envidia de la peor sentí cuando al día siguiente visité la Casa Lys (Salamanca) y contemplé extasiado las criselefantinas art decó de maestros escultores como el rumano Chiparus, obras de las que «oí hablar» por primera vez hace unos meses (en realidad sobre las que leí) en la novela de Alejandro Gándara Primer amor, y que dieron pie a este texto.

Además de criselefantinas, en este recomendable museo hay figuras de cristal opalinado. Creo recordar que era este el término de la etiqueta, pero en la RED solo la palabra opalino y opalescente. Las webs de gemología dicen que la mitología griega cuenta que Zeus lloró ópalo tras vencer a los titanes. Piedra preciosa que se puede tallar. Pero las figuras art decó y nouveau se tallaban en cristal traslúcido, lechoso u opalino/opalescente. El lechoso parece porcelana. El opalescente imita las iridiscencias del ópalo natural. Lo consiguió Frederick Carder en la fábrica de Cristal Steuben (Corning, Nueva York) a principios del XX rociando el vidrio de alabastro (blanco translúcido) con cloruro de estaño. El gran artista del cristal Art Decó fue Lalique, que diseñó frascos de perfumes y adornos para coches como el de abajo, que tal vez cuesten ahora lo mismo que un coche entero de alta gama.


	

Katharine Hepburn, el espíritu, la carne

En Historias de Filadelfia (George Cukor, 1940), Katharine Hepburn, Tracy Lord en la película, se da un chapuzón en vísperas de su segunda boda. Estuvo casada con Dexter, Cary Grant, quien se ha presentado en el escenario a intentar frustrar la ceremonia. Le lleva un regalo: la maqueta de un velero, el True Love, Amor Verdadero.

—Qué presto era —dice Tracy. Utiliza una palabra que su novio no conoce, yar, traducida como presto en español. Se la explica: «Fácil de manejar, rápido al timón, veloz, ligero».

Si para George Kittredge (John Howard), el novio, la palabra yar es extraña en 1941, con más razón lo es su traducción, presto, para los usuarios del español de 2023. Como adverbio un tanto arcaico (rápidamente) es de uso conocido, pero como adjetivo resulta palabra rara en español, demasiado culta. Conocemos la palabra, italiana en realidad, en cambio, adosada al movimiento musical rápido (el cuarto movimiento de la sexta sinfonía de Beethoven, por ejemplo). Le pasa como a su sinónimo pronto: en el uso las hemos reducido a adverbios, apenas nos acordamos de su condición de adjetivos.

Una de las referencias que nos pueden resonar, a quienes leímos o escuchamos el Nuevo Testamento, es el consejo de Jesús a sus discípulos: Velad y orad, para que no entréis en tentación; el espíritu está presto/pronto/dispuesto, pero la carne es débil. (Mateo 26:41).

La versión griega de este evangelio reza:

τὸ μὲν πνεῦμα πρόθυμον, ἡ δὲ σὰρξ ἀσθενής

Así que el presto que acompaña al velero de Dexter, para quien escribió o tradujo en griego en tiempo remoto estas palabras de Jesús, es πρόθυμον (prózimon): de buen ánimo, valeroso, animoso, pronto, ardiente, alegre, benévolo, propenso, fiel. (Acepciones del diccionario de Miguel Balagué, Sch. P., 1971). Obediente, dócil, añadimos nosotros. Estas dos traducciones casan con las de la palabra que usa Tracy, yar (o yare) en inglés americano, para ese presto. La ayuda de Andreu Jaume y Ben Clark me aclara que en la costa este de EEUU este vocablo marinero significa: «fácilmente manejable», «rápido», «bien equilibrado en el timón».

—¡Qué animoso era! —podría haber dicho Tracy de su velero. Se llamaba Amor Verdadero, de modo que no chirriaría: ¡Que fiel era, siempre dispuesto a obedecer al timonel, a ser veloz, siempre preparado!

Recordábamos la frase de Mateo alterada de orden: «La carne es débil, pero el espíritu está pronto». Es decir, una versión más optimista. En este orden, el espíritu vence a la carne. Para Jesús no es así, es la carne la que vence al espíritu, no hay victoria contra la tentación si no velamos y oramos para blindarnos. El espíritu es valiente, está feliz, pero para nada está preparado, es un iluso si cree que puede ganar. Será presto, veloz, se alzará con las velas hinchadas en algún momento, con un poco de suerte, pero finalmente la carne lo encadenará, lo inmovilizará. Si no oramos.

La brillante Hepburn actuó en la obra en Brodway antes de llevarla al cine. Compró los derechos de la obra teatral de Philip Barry, quien la escribió para ella, y queremos creer que contribuyó a construir el personaje, una mujer acusada de ser divina, de no tener debilidades, de no entenderlas. Una mujer animosa y preparada, como el True Love, pero final y felizmente humanizada por la carne imperfecta: ἀσθενής (aszenés). La chica que creció junto al mar, en la casa paterna de Old Saybruck, Connecticut, tuvo que tener una relación especial con la navegación y quizá este punto —pues la escena es especialmente sentida— fue aportación de la pelirroja. Cary Grant la llama Red durante toda la cinta.


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Torrente Ballester como vilano

Leo por primera vez Quizá nos lleve el viento al infinito, novela de Gonzalo Torrente Ballester publicada en 1984, gracias a un taller que ha impartido David Torres, gran admirador del novelista gallego.
La escritura de TB es magnífica, brillante y clara y juguetona. Lírica y cómica, la más inteligente e ingeniosa que recuerdo jamás haber leído.

Ingeniosa adjetivando. «Motoristas ululantes», «vigilantes puntas de cigarrillos».

Ingeniosa describiendo: estar erguido es «la postura justa de una serpiente ofendida». «…algo escurrida de pecho, y ahora, en el suéter, le soplaban por dentro vientos gemelos y turbadores».

Ingeniosa en situaciones y diálogos:

«—…¿se habría acostado con ella?

—No, esté usted tranquila. No se me pasó por las mientes.

—Esas cosas —me replicó ella—, no pasan precisamente por las mientes.»

Esta novela es extraordinaria por su originalidad, por cómo, partiendo de una parodia de las novelas de espías y de ciencia ficción, consigue embaucarnos en un juego nada verosímil. No suspendemos la incredulidad; suspendemos, neutralizamos la credulidad, nos importa un rábano creer, queremos jugar.

Un ser fantástico, capaz de suplantar identidades a placer, anda invadiendo los cuerpos de otros hombres vinculados a una trama de espionaje. Lo amenaza, le sigue la pista una matahari que es un perfecto robot, y se enamora de Irina, agente de la KGB. Las peripecias están al servicio de un despliegue de imaginación, lenguaje delicioso y profundidades en el terreno de lo amoroso y de lo religioso, cuando una máquina humanoide grita, en el momento de expirar, el nombre de Dios.

Merece ríos de tinta la glosa de esta obra bellísima, que es como un Quijote escrito por Philip K. Dick o un Blade Runner con guión de Cervantes.

Le dijo TB a Soler Serrano en 1976 (entrevista de TVE «A fondo») que el español de Valle Inclán era mejor y «más rico» que el suyo. Era muy modesto Torrente.

En Quizá nos lleve el viento al infinito he encontrado rarezas:

Crujías. Desconocía la palabra. Son largos corredores. Un préstamo del italiano corsias. Del latín cursus, carrera.

Giga. Nada que ver con el griego grande. Es un baile antiguo, acelerado por arte del violín. Origen francés y quizá del alto alemán.

«Me debrucé« en el volante: nunca habría visto usar el verbo debruzar por darse de bruces. Es más, lo desconocía. Busqué primero debrucir en vano y por poco tiro la toalla. Bruz viene de buz, labio, boca, que es arabismo.

Iconostasio. Es el tríptico mampara que separa el altar del resto de la Iglesia, con imágenes (εἰκών, eicón, imagen + ἵστημι, hístemi, estar de pie) pintadas. Es la única derivada del griego curiosa que he localizado en la novela.

Recrestarse. Escribe TB: «…no fuera del Diablo que Paul se me recrestase ante las patatas con perejil». En gallego existe el verbo recrestar, que es descansar. No sirve esta acepción aquí. Parece aludir más a cresta. ¿Se asomase? ¿Algún gallego en la sala que nos lo aclare?

Torrente Ballester me ha parecido un portento. Había leído hace muchos años Ifigenia, buena muestra de su vocación desmitificadora. He catado La saga/fuga de JB, que espero terminar pronto. Me siento muy emparentado con Torrente, he escrito libros torrentinos sin haber leído los libros de TB. Cuando publiqué Stradivarius Rex en 2009 hubo muchas reseñas. El novelista Daniel Ruiz García vio una novela «cervantina». Otros la compararon con la película Cómo ser John Malcovich, que yo no había visto. David Torres fue el más erudito y vio la coincidencia con El vagabundo de las estrellas de Jack London, también ignorada por mí. Pero la perfecta coincidencia entre Quizá el viento… y Stradivarius Rex en su personaje protagonista, con su condición de suplantador de vidas, y con el juego que este supuesto posibilita para la alegoría de la creación literaria o la reflexión sobre la identidad, nadie la pudo señalar. Prueba de que esta obra cumbre de la novela española, injusta y lamentablemente, fue poco leída y es mal recordada hoy.

La inteligencia de TB cuaja en frases con las que nos deleita con su comprensión del mundo. Les dejo con una pequeña colección.

Conviene recordar que las causas son incontables y los efectos verdaderamente pobres.

…esa manera de llevar en alto la nariz (los poderosos) que los confunde con algunos ilusos.

Los ingleses, gracias a Shakespeare, están purgados ya de la tragedia.

Nunca puede computarse la duración de un beso.

Ninguna inteligencia es inexplicable.

Miguel Dalmau, melómano y músico, me envía comprobante de la giga irlandesa: jig. Seguro que John Ford sabía bailarla.

Una última palabra quiero comentar: vilano.

El espía superhéroe que narra y protagoniza esta aventura, también llamado el Maestro de las huellas que se pierden en la niebla, acaba sus días en Mallorca, es decir, hace lo que Torrente hubiese querido hacer. Mira el mar, recuerda a su amada, y anhela ser llevado, hasta el infinito, junto a ella, en forma de vilano.

No milano. Desear volar en forma de pájaro es un tópico. Torrente es más sutil, escoge esa pelusa, esa cabeza como de anémona con filamentos suaves del cardo, que se esfuma con un golpe de viento.

He buscado el origen de vilano. El Diccionario de Autoridades, tomo IV (1794) nos aclara que milano «se llama también la flor del cardo seca, que vuela por el aire. .. Otros le llaman Vilano. Latín. Pappus.«

Es inevitable deducir que los etéreos pelos del cardo tomaron el nombre de la ligereza del plumón del ave, y que luego se independizaron de su referencia, milano, con un sencillo salto de consonante.

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Esos neutros plurales en latín

En la miniserie de Netflix Desde dentro, un preso en el corredor de la muerte asesora a investigadores en sus pesquisas sobre otros crímenes.

Pero no asesora a cualquiera. El tipo ha de entender que esa investigación se ajusta a sus criterios. Va a echar una mano si el caso le parece que tiene un «valor moral».

Cuando, en inglés, el preso menciona su filtro, sus condiciones, sus criterios, utiliza la palabra criteria. En el doblaje vemos y oímos su traducción en plural: criterios.
My criteria: mis criterios. Rechaza ayudar a un senador porque «no se ajusta a mis criterios»: «Just his case didn’t meet my criteria».

Me da la impresión de que en inglés abundan más estos plurales latinos que en español. Se trata de plurales de sustantivos neutros, que al acabar en -a tienen todo el empaque de un femenino singular, y además reforzado por su artículo o su adjetivo en plural: Los criteria.

Mi viejo amigo Eduardo Segura, experto en Tolkien y preguntado sobre el tema, me cuenta que este uso es más frecuente en en EEUU que en Gran Bretaña. Aporta otro caso: los comentaristas deportivos utilizan la palabra momentum para referirse a un cambio en la marcha del juego durante un partido. Esta palabra tiene un valor algo mágico. No es plural, pero sí neutra.

Dejo este post en reposo y construcción a la espera de toparme con más ejemplos que ir añadiendo a una posible lista.

1. Criteria.
2. Momentum.

La voz amniótica de Begoña Méndez

Leyendo el novísimo libro de Begoña Méndez, Autocienciaficción para el fin de la especie (Ortega y Hurtado Editores), me topo en cuatro ocasiones con la palabra amnios.

Página 13: «Me desdibujo en el amnios de la gasolinera». Página 62: «…me desarrollé yo sola en el amnios de un laboratorio». Página 133: «…el amnios de la resurrección».

¿Qué es el amnios? Quien ha tenido alguna relación con una gestación ha aprendido qué es el líquido amniótico, el relativo al amnios, que es la membrana delgada, transparente que rodea o envuelve al feto. Amnios es un neologismo científico inspirado en el amníon, ἀμνίον, el vaso o lebrillo (cuenco, fuente) para recoger la sangre de los sacrificios. Ἀμνός, amnós, es cordero, el animal del sacrificio de la tradición judía.

Es curioso que Méndez, que ha acertado a morder otras raíces griegas en su obra, como en el caso de phármakon, no se haya detenido a deleitarnos con su don poético gracias a un concepto que tan bien aúna dos puntales de su discurso: la sangre que genera vida y la sangre que brota de la muerte, el nacimiento encapsulado por una membrana que recibe el nombre de un ritual de sacrificio.

Si Begoña Méndez no se ha detenido en esta etimología seguramente es porque tiene el amnios incorporado a su imaginario. El amnios de la gasolinera, de un laboratorio, de la resurrección: en nuestra autora este lugar es un lugar de creación, de vida. La cuna de criaturas imprevisibles, como su obra.

José Vidal Valicourt y Begoña Méndez en la librería Drac Màgic de Palma. Foto: Nadal Suau.

El escritor José Vidal Valicourt ha comentado que Autocienciaficción para el fin de la especie es tan potente e intenso, tan rico y polémico que obliga a debates, seminarios, clubs de lectura, incluso merece tesis. Méndez ha declarado: «No sé lo que he hecho».

Yo tampoco sé lo que ha hecho. Sé que primero intentó una ficción sci-fy. Sé que en seguida prefirió amotinarse y probar un ensayo. Sé que ese ensayo está atravesado brutalmente por la prosa poética del delirio y de la confesión sin renunciar a la impostura, o mejor, al vaciado de su persona ofrecida como médium por el que se expresan otros seres, mujeres, pero también entes de naturaleza no humana. Me he preguntado, acabando la lectura, si alguien habrá probado antes a escribir una novela de ciencia ficción desde un lirismo tan exaltado.

La prosa poética de Méndez nos engulle como un tifón y nos lleva hasta la última página. Da igual si entendemos todo o no, da igual si aprobamos todo o no. Nos hipnotiza su proyecto de desaparición y la belleza de su verbo fecundo. La mujer que detendría la natalidad mundial resulta ser puro parto, creación infinita.

Este libro es un poema que sublima el dolor físico, que disecciona el cuerpo con los bisturíes intangibles de la palabra. La estudiosa caza citas, historias, y las pare de nuevo. Se deja traspasar. Es otras y a veces es ella misma y nos revoluciona con su lucha contra los estragos del hambre. (No sé si con un par de kilos -un par mallorquín, o sea por los menos tres- Begoña Méndez estaría más sexi, como le han dicho alguna vez. Pero creo que ganaría un poco de espacio para tatuajes). Esta afortunada utilización de una película como fertilizante para esculpir una pieza poética, me ha recordado los memorables capítulos en verso del libro sobre cine de Gabriel Bertotti.

Aparece una vez más la palabra amnios. Es en la página 198: «La sepultura y el amnios», dice en el curso de una enumeración de los estados que la nueva identidad de Méndez atraviesa nadando «a crol», poseída por el alma de María Inés Mato. Las palabras brotan en Méndez como frutas mágicas en un rito iniciático, se convocan unas a otras; fluyen como fluye la misma autora cuando bucea para nadar esa dicha que no puede decir; afloran sin cesar al paso de sus brazadas, de sus patadas con cola de sirena al agua en calma de nuestras certezas.

Cruzas a crol un baldío anterior al claustro materno. Materia confusa, disolución en las aguas: te haces savia primordial. Líquido sagrado. (pág. 198).

Begoña Méndez ha dicho que «esta voz se ha acabado», pero ¿cómo puede saberlo si no es su voz, si es la voz de un cuerpo poseído? No es su cuerpo y, entonces, tampoco es su alma. «Este ensayo» no es al final «mi cuerpo». Y por eso nos interesa, porque es un cuerpo como «ademán poético», como la aflicción de los demás que ese mismo cuerpo, esa misma mente, a veces propia, a veces alienada, reconoce atender.

Duplicarse o desaparecer. La anomalía de Le Tellier.

La anomalía, la novela de éxito de Hervé Le Tellier, no plantea un problema real. No plantea un problema posible que deban resolver los agentes responsables de la realidad: políticos, demógrafos, filósofos, físicos, informáticos, sacerdotes…

La anomalía plantea un problema mucho más importante, un reto artístico, imaginativo, narrativo, poético, mágico. Por eso el libro solo empieza a emocionar cuando se confrontan los personajes duplicados con su doble, demostrando que lo ocurrido (la aparición de un avión con pasajeros que ya estaban en este mundo, y que habían cogido ese vuelo meses antes, y por lo tanto son personas repetidas caminando sobre el planeta) no es tanto una tragedia, ni un conflicto, como una mina para la germinación de situaciones propicias para el brillo de la ideación literaria. Por eso es verdad que no hay posible spoiler para el libro: adelantar que un avión y sus pasajeros se han duplicado es adelantar simplemente un punto de partida.

Un ejemplo de esas ideaciones: la impagable situación del escritor fracasado que ha triunfado después de muerto (se suicidó) y ahora aparece para torear su fama, cuando ni siquiera ha llegado a escribir aún el best-sellar por el que ha logrado el éxito. Otro: el hombre que previene, a su yo del pasado, de la ruptura que le espera con la mujer de la que está enamorado. (Dos citas me quedo para el tema tan resbaladizo del amor: «amar evita al menos tener que buscarle continuamente un sentido a la vida», y «para dejar a la persona amada, hay que deconstruir el mundo»).

Para traer La anomalía a este blog no me justifico en tropiezos etimológicos sino mitológicos. El primero es la operación Hermes. Los gestores de la crisis deciden llamar así a la operación por la que los pasajeros duplicados, su viaje imposible y su secreto, deben «esfumarse». Los hombres y mujeres que trabajan en el llamado protocolo 42, deciden ejercer de psicopompos, como Hermes, y conducir a los duplicados a un mundo inaccesible para quienes puedan utilizarlos o amenazarlos. No se trata de eliminarlos, de hecho, la operación Hermes afecta a los originales y a los dobles, a los pasajeros de marzo y a los de junio, pues su propósito es ocultar su identidad, llevarlos a una dimensión a salvo de fanáticos y periodistas.

El segundo tropezón se da cuando Victor Miesel, el escritor que se ha suicidado y que en junio vuelve a aparecer sin tener que lidiar con su doble, menciona «La caja de Pandora» en una tertulia televisiva en París. Lo hace para apoyar la opinión de un filósofo, un tal Philomède, que ha dicho que el hecho de que todos los humanos y nuestro mundo seamos virtuales no cambia nada, cada uno seguirá con su vida, del mismo modo que cada uno ha seguido con su vida tras aceptar el cambio climático. Nos limitamos a esperar, porque los humanos somos dueños de ese mal, el último de los males de la tinaja de Pandora, la esperanza.

Al respecto de esperar y «no hace nada» contra el hecho de que toda la realidad es virtual, el narrador de la novela hace un comentario delicioso: «Explorar el espacio ya es caro, pero si encima no hay espacio, entonces es desorbitado».

Una nota particular

Un amigo me regaló La anomalía diciéndome que es un libro que debía haber escrito yo. Al terminar la lectura le he entendido. En mi novela Stradivarius Rex planteo un imposible físico similar: un hombre cambia de cuerpo cada día. Es quizá el fenómeno inverso y a la vez multiplicador de la duplicación de Le Tellier. Los 240 personajes de La anomalía se multiplican por dos, lo que implica unos sobrantes. Mi personaje de Stradivarius Rex implica un faltante, cientos de ellos. Cada día deja de ser no sólo su yo original, sino cada uno de los hombres que ha sido el día anterior. Sin embargo también es todos ellos, acumula sus memorias. Como en el libro que nos ocupa, se trata de un punto de partida desde el que ensayar piruetas literarias.

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